la voz de los canteros
Los cirujanos de la plaza del Grano
Los hermanos Seoane, que levantaron la plaza en 1989, defienden el empedrado de cantos rodados sobre tierra y su restauración como la mejor manera de conservar la esencia de «una plaza única en Europa».

Los hermanos Pelayo y José Andrés Seoane recuerdan en la plaza del Grano la restauración que llevaron a cabo en 1989 y aconsejan reproducirla ahora. F. OTERO PERANDONES
ana gaitero | león
«La última plaza con empedrado medieval en León capital». «La plaza más bonita de León». «Un lugar tranquilo donde se respira ambiente de pueblo dentro de una ciudad»... Turistas y leoneses coinciden a la hora de ensalzar uno de los rincones con más personalidad de la capital, donde se dan las tradicionales celebraciones de San Froilán y la Melonera, con carros engalanados y paisanaje vestido de época.
Un pedazo del León antiguo congelado en el tiempo, pese a que han desaparecido muchos de sus soportales originales y donde un esqueleto de ladrillo, el de una vivienda frustrada, se exhibe desde hace años como una afrenta a la belleza del conjunto urbano. Un documento vivo del pasado de León incrustado en el presente de manera armónica.
Desde hace tres años, el rincón leonés por excelencia levanta polvaredas políticas en la ciudad, mientras continúa el deterioro de su empedrado y detractores y partidarios de la remodelación prevista por el Ayuntamiento de León se enfrentan,
«La plaza no aguanta un invierno más», sentencian dos expertos. Los hermanos José Andrés y Pelayo Seoane, maestros canteros que en los años 80 levantaron la plaza y volvieron a colocarla, canto a canto, hilera a hilera, advierten del peligro que corre este rincón único de León.
Por un lado, alertan del «mal estado» de la emblemática plaza, llena de boquetes y calvas, y los estragos que puede causar el invierno, y, por otro, defienden una restauración que respete la técnica tradicional que la distingue de otros suelos de cantos rodados: «Los morrillos se colocan sobre la tierra en seco y con el canto para arriba», explican.
Sin usar hormigón. Es el peligro que ven en el proyecto que se maneja para restaurar la plaza que en sus fases 1 y 2 no entran en la plaza, sino en las aceras y en las calles Capilla y Mercado.
Pelayo Seoane ha replicado en en la plaza de Portobelo de Panamá la técnica milenaria usada en León en el medievo que conserva la plaza del Grano. En la ciudad panameña han vuelto a los orígenes y sustituyen el hormigón por la tierra como sistema para asentar el empedrado.
Y no quieren que León pierda los suyos. «Tenemos una plaza única en Europa, que ya es un atractivo de primer orden», recalcan. En la restauración que realizaron entre 1989-1990, bajo la supervisión del arquitecto Jesús Martínez del Cerro, «levantamos la plaza por hileras, siguiendo las marcas que aún se perciben; para volver a colocar las piedras usábamos la misma tierra que se sacaba, se dejaba macerar y luego se añadía entre un 5-10% mezclada con cal hidráulica, se echaba en seco y luego se ponía el morrillo», explican.
Las piedras se colacaron con el canto para abajo, en seco. A continuación se mojaba «para que tirara e hiciera agarre y al día siguiente se lecheraba con tierra y cal en la proporción debida para igualar el canto», añaden.
Hubo alguna excepción. En la entrada del garage que tiene entrada por la plaza se utilizó cemento y tierra, para que el empedrado aguantara la presión del paso de vehículos. El proyecto de restauración fue realizado por los hermanos Torices, que tras concluirlo, aseguran, dejaron «indicaciones para hacer el mantenimiento». El problema es que nadie se ocupó de que se cumplieran sus consejos. «¿Dónde está la brigada de patrimonio?», preguntan.
En aquel entonces «no se tocaron las aceras», agregan. Y ahora no le ven sentido. La accesibilidad, aseguran, «se puede garantizar si quitan papeleras y los cajones de la luz que interrumpen el paso». Las vecinas dan por hecho que se ensancharán (es lo que prevé la obra adjudicada por el Ayuntamiento) y se las ve contentas. Las aceras están hechas con las tumbas reaprovechadas del antiguo cementerio de la carretera de Asturias, clausurado para los enterramientos en 1932 y trasladado a Puente Castro entre 1940 y 1950, aproximadamente. «Esta plaza nunca tuvo aceras, lo que tenía eran soportales y todo estaba empedrado», precisan los canteros.
Pelayo Seoane recuerda muy bien cómo estaba la plaza cuando la empresa Pardo recibió el encargo de acometer la restauración. «El pavimento que nos encontramos estaba bastante deteriorado, con hundimientos y charcos en algunas zonas debido al estacionamiento de vehículos y el rodaje de los mismos», explica.
Al igual que ahora, se encontraron con una falta de mantenimiento del empedrado «que es lo que ha provocado la situación a la que hemos llegado hoy en día por incumplimiento por parte del ayuntamiento que se comprometió, por entonces, a restaurar el pavimento según se fuera deteriorando».
Trabajaron con «unos planos muy detallados tanto en planta como topográficos con una idea muy clara de la obra», subraya. La propuesta de los hermanos Torices era levantar el piso, consolidar la base y reconstruir el empedrado, «manteniendo las vertientes existentes en la plaza».
Se trataba de mantener un paso en la zona inferior y superior de la plaza para permitir la circulación ocasional en días de funeral, bomberos, etc, así como acceso a los garajes privados existentes. «Empezamos clavando unas picas de acero para no perder ningún punto de referencia primitivo de la plaza, fijando todas las cotas desde donde establecimos la cota cero», señala.
Con plantillas
«Seguidamente, señalizamos y medimos sobre las aceras y planos la medición de los encintados entre paños y sacamos diversas plantillas de las ondulaciones de los paños», añade. Recuerda al detalle la proporción y la clase de cal que utilizaron: «Hicimos una muestra de empedrado con la misma tierra del pavimento antiguo con una aportación de cal hidráulica NHL 5 especial para cal y canto con composición de 16/1 después de analizar las probetas de resistencia en un laboratorio».
Es el modelo que ha exportado para el pavimento de la plaza de Portobelo en Panamá, dentro del proyecto de restauración de la catedral en el que ha participado este año.
Una vez que se definió la técnica y las cantidades que se iban a utilizar «empezamos a reconstruir poco a poco toda la plaza, cribando toda la tierra que aprovechamos para la colocación de los cantos así como los mismos cantos y reconstruimos los soportales».
También se levantó el asfaltado de la calle Escurial y construyeron el muro de piedra que actualmente separa la plaza de esta vía con el fin primordial de impedir el paso de vehículos a la plaza, con el añadido de una cadena.
Los hermanos Seoane señalan que ejecutar el trabajo no requiere ninguna experiencia ni cualificación. Para levantar y colocar los cantos «contratamos a gente que vivía en los alrededores y también a dos o tres vagabundos, un presidiario, gitanos y gente que estaba en el paro que, por cierto, tuvieron mucho interés en lo que hicimos».
No solo trabajaban allí sino que se encargaban de vigilar las obras mientras duraron, unos nueve meses. También las prostitutas que vivían en la calle conocida popularmente como El Barranco, colaboraron con ganas en las tareas de vigilancia.
El vecindario recuerda aquellas obras. La ejecución desató otras polémicas. Si ahora muchos exigen el ensanchamiento de las aceras para garantizar la accesibilidad, en aquel entonces los chopos se convirtieron en el blanco de sus críticas. Querían que estos árboles fueran sustituidos por otros con raíces de crecimiento vertical u horizontal, o simplemente, se retiraran de la plaza.
«La presencia de árboles en esta plaza nos parece tan fuera de lugar, tan «kitsch», que equivaldría a imaginar pollos de granja sueltos por el parque de Quevedo, por ejemplo», escribió Pilar García Sánchez en Diario de León.
Esta vecina reside en el bloque de viviendas construido en los años 70 en el que cual se eliminaron los soportales para dejar locales y garage en el edificio. Las obras también fueron un acicate para investigar sobre la historia de la plaza en el contexto de la ciudad medieval, cuando resurgen dos núcleos poblacionales en la ciudad. Uno intramuros, en torno a la iglesia de San Martín por el florecimiento de artesanos y mercaderes y otro extramuros en torno de la iglesia de Santa María del Mercado por los peregrinaciones.
Estaban separados por la muralla romana, pero con el tiempo se fundieron. En el siglo XII se construye el primer muro de tierra y dos siglos después la cecerca medieval de cal y canto, que pervive actualmente.
La plaza del Grano fue «inicialmente fue un espacio vacío que quedaba entre el ábside de la primitiva iglesia de Santa María del Camino y la parroquia de San Martín», apunta. Con el tiempo se fue cercando con edificios. El empedrado actual se cree que data del siglo XVIII las fotos de las primeras décadas del siglo XX atestiguan su calidad, así como la ausencia de árboles. La plaza estuvo en serio peligro de desaparecer cuando el coche se adueña de la ciudad y alguien tuvo la idea, felizmente nunca ejecutada, de asfaltarla. La obras que se hacen en 1989, según un proyecto aprobado por la Junta de Castilla y León tres años antes, son el reflejo de un nuevo sentir en la ciudad respecto a su pasado.
No se hicieron catas arqueológicas como tales pero apareció un empedrado a un nivel inferior y realizado con cantos más finos. Los canteros piensan que puede ser el original del siglo XII, pues la iglesia de Santa María del Mercado se encuentra a un nivel muy inferior al de la plaza actual.
En la calle Escurial se hallaron restos de hornos e instalaciones que hablan de la presencia de un núcleo de artesanos por delante del actual convento y hospedería de la comunidad de Benedictinas, que llegan a la plaza en el siglo XVII, procedentes de Carbajal de la Legua.
La plaza del Grano aún tiene una oportunidad. Los hermanos Seoane invitan al Ayuntamiento de León a repensar el proyecto y centrarse en la restauración con la técnica tradicional, lo que supondría abandonar el proyecto del arquitecto Ramón Cañas.