Diario de León

el día después

«Una urna no mata, una porra sí»

Los barceloneses, independentistas o no, exteriorizan su enfado con la actuación policial, que consideran desproporcionada.

Protesta estudiantil por la intervención policial. JUAN CARLOS CÁRDENAS

Protesta estudiantil por la intervención policial. JUAN CARLOS CÁRDENAS

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pascual perea | barcelona

La capital catalana recuperó ayer el pulso cotidiano de una ciudad abierta, dinámica y civilizada: tráfico denso, trabajadores ajetreados, turistas despistados, amas de casa con el carrito de la compra y mendigos por las esquinas. Pero de los retazos de conversaciones oídos al tuntún se hacía evidente que en sus arterias latía una tensión de mala sangre: «No hay derecho», decía una mujer a su amiga en una terraza; «¿Un referéndum o un golpe de Estado?», preguntaba una joven por teléfono, en tono desabrido, ante un semáforo peatonal; «Cargaron como bestias», describía el frutero a un parroquiano ante su exposición vegetal.

En el cruce de Carrer d’Aragó con Pau Claris, a las doce en punto del mediodía un hombre con mochila detiene su moto en el centro de la intersección, se pone de pie sobre el sillín y empieza a agitar una senyera (de las pocas que se ven, porque la estelada gana por goleada). Pronto se forma un corro a su alrededor y el tráfico se interrumpe. La gente corea «¡Hem votat!» (hemos votado) a ritmo de las palmas y el conductor de un autobús graba la escena con su móvil. «Se han convocado concentraciones en todos los puntos neurálgicos y oficinas de la ciudad para protestar contra la brutalidad policial», informa Noemí, una vecina de Cubellas de 42 años, que ha subido a Barcelona para llevar al médico a su hija Paula, de 14.

- ¿Que opina de la -empieza a preguntar el periodista.

- ¿De la masacre? -interrumpe Noemí, retándole con los ojos a cuestionar el calificativo-. Que yo sepa, una urna no mata, una porra sí. Está muy caliente todo, pero ya no pueden seguir negando lo que hay. No fue un referéndum en las condiciones óptimas, pero era la única opción que nos quedaba. Es como un matrimonio, no puedes forzar a nadie a estar con alguien que te dice ‘te quiero’ pero te apalea. Es muy difícil que esto tenga vuelta de hoja. Tengo amigos que estaban contra el referéndum y han cambiado. Lo de ayer es un antes y un después.

Ante la delegación de la Secretaría de Estado de la Seguridad Social, dos docenas de funcionarios se han sumado a la protesta. «Habremos bajado la mitad más o menos, el resto se han quedado», informa José Miguel, un hombre cerca ya de la jubilación que asegura haber sido testigo el domingo de excesos policiales. «Vi llegar de golpe veinte furgonas una detrás de otra, comerse un semáforo en rojo como si nada y, en el colegio Víctor Catalá, bajar todos los antidisturbios con sus escudos y porras. ¡Por favor, fue vergonzoso! Vi cómo sacaban a un ciudadano de la oreja, así», dice, y sorpresivamente tira con fuerza de la del periodista para mostrarle cómo ocurrió. «Votar fue ilegal, pero no un delito. ¿Cuando pase algo serio qué van a sacar, metralletas? Yo no fui a votar, pero mis ojos ven».

En el Instituto Raimon Llull, donde el día anterior se produjeron cargas policiales que han saltado a las portadas de medios de todo el mundo, hay claveles reventones prendidos en la verja. Junto a ella, una reportera de la cadena Cuatro espera ante la cámara a que le den paso, micrófono en mano. Dentro, en el patio arbolado, los niños juegan, corren y gritan como siempre. Hace un rato han bajado allí alumnos y profesores, formando círculos, y su director ha gritado «Soms gents de pau» antes de regresar todos a las aulas.

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