Una nueva dimensión
Un Parlament lleno de gente que no entendía nada
La jornada en la cámara catalana estuvo marcada por la aglomeración de más de un millar de periodistas venidos de diversos rincones.

La presidenta del Parlament, Carme Forcadell, antes del inicio de la comparecencia.
Carlos Benito | Barcelona
El Parlament estaba lleno ayer de gente que no entendía nada. Lo cierto es que esa afirmación se ha vuelto válida últimamente para Cataluña entera, para toda España, incluso para esa parte del planeta que está observando lo que ocurre en este pequeño rincón, pero ayer en la cámara adquiría una nueva dimensión: el Parlament alcanzó un asombroso récord de acreditaciones de periodistas, por encima del millar de profesionales, entre los que se contaban alrededor de cuatrocientos extranjeros. Había enviados especiales de medios australianos, turcos, colombianos, chilenos, japoneses, brasileños, lituanos, con un capítulo especial para los numerosos balcánicos y escandinavos, y muchos de ellos rizaban el rizo del desconcierto y se movían de aquí para allá sin saber muy bien de qué iba todo aquello. Unos cuantos yanquis habían aprovechado la mañana para sacarse selfis en el hemiciclo, un fotógrafo italiano se entretenía retratando a su redactora en poses de modelo y los cámaras rusos se colocaban siempre en mitad del camino por donde habían de pasar los diputados. Nadie tenía muy claro si empezaba la República catalana o qué, pero todos coincidían en admirarse de las proporciones del caos.
Antes del pleno, desde primera hora de la tarde, la consigna era buscar a Carles Puigdemont. En realidad, el president todavía no había llegado a la cámara: su vicepresidente, Oriol Junqueras, había comido en la cafetería y sí que debía de andar por allí, pero el hombre del día era Puigdemont, un protagonista absoluto que relegaba a todos los demás diputados a un papel amargamente secundario. Había que buscar a Puigdemont, escrutarle la cara con detenimiento y, a partir de su gesto, desentrañar cuáles eran sus intenciones. Tres docenas de fotógrafos y cámaras de televisión contemplaban hipnotizados la puerta giratoria por la que había de entrar, mientras otros tantos aguardaban en el exterior y un tercer grupo se apostaba en lo alto de las escaleras.
Se sabía que Puigdemont venía en coche, no como los socialistas, que decidieron fletar un autobús desde su sede ante la imposibilidad de aparcar como de costumbre en el Parlament.
Hacían acto de presencia los consejeros y, como mucho, se escuchaba el clic de una cámara, como una limosna de reconocimiento. Por fin, a eso de las cinco, sonaron los timbres que alertan de la llegada del president y entró Puigdemont, que pasó por un hueco donde momentos antes había un enorme cámara ruso. Todo el mundo le miró la cara: se le veía serio, como ignorando la batería de fotógrafos, pero dijo ‘bona tarda’ y el rostro se le animó. Un reportero de La Sexta se lanzó a preguntarle: «Señor president, ¿va a declarar la independencia de Cataluña?». Nunca se sabe dónde puede saltar la exclusiva, pero desde luego no fue ahí.
Detalles curiosos
Faltaba una hora para el pleno y los pasillos estaban abarrotados, con calor de sauna. Una redactora soñaba en voz alta con la aparición de un vendedor ambulante de cerveza, de esos que se infiltran entre el público en los festivales de rock. A falta de Puigdemont, había que entretenerse con detalles curiosos: pasó hacia la tribuna de invitados, por ejemplo, Laura Almerich, la guitarrista a la que Lluís Llach dedicó su canción ‘Laura’, aunque eso sonaba demasiado complicado para animar a un enviado especial ruso o japonés. Los políticos pasaban apresurados, sin hacer caso, así que se imponía practicar el periodismo parasitario. Es decir, colocarse al lado de Gonzo, el de ‘El intermedio’, porque a las caras conocidas siempre se les paran más: Gabriel Rufián le explicó que sentía «esperanza y determinación» porque «se acaba un proceso y se inicia otro»; Xavier García Albiol destacó su «tristeza y preocupación, pero a la vez confianza en el Estado de derecho»; Joan Coscubiela, con el semblante más serio de todos, habló de «preocupación y expectación por que encontremos vías de diálogo»; Artur Mas, el más animado, se paró también a decirle algo pero nadie logró entenderlo bien. Muchas gracias, Gonzo.
De pronto, el desconcierto subió unos cuantos grados y la temperatura también: el pleno se retrasaba una hora. Los periodistas españoles, con un hermoso espíritu de voluntariado, trataban de explicárselo a los enviados extranjeros, que no parecían entender que algo tan solemne como la proclamación de una República pudiese demorarse en el último momento.
Alguno hizo el chiste inevitable de que eso era un rasgo muy español. Se corrió la voz de que Puigdemont estaba reunido con miembros de su partido y de la CUP, así que se imponía buscarle para ver si le había cambiado la cara en este rato: un montón de fotógrafos hicieron guardia frente a un pasillo vacío, esperando una vez más al president. Apareció a las siete menos diez, y de camino hacia el pleno lucía una sonrisa de magnitud tres o cuatro, poca cosa. A su lado caminaba Junqueras, que se situaba un punto por debajo. Hay que decir, sin ánimo de ofender, que Puigdemont y Junqueras juntos tienen cierta estampa de dúo cómico, y en esta ocasión no quedaba muy claro si su gesto era una sonrisa forzada o reprimida. Lo que se dijo en el pleno ya está contado en las páginas anteriores.