Diario de León

La postura del líder catalán abre profundas brechas en el independentismo

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Casi es un milagro que formaciones antagónicas como el PDeCAT o la CUP hayan llegado juntas hasta el final de la aventura secesionista. Pero a pesar de los continuos tiras y afloja, ahí siguen, mano a mano, con la independencia entre ceja y ceja. La triple alianza —entre neoconvergentes, republicanos de Esquerra y anticapitalistas— estuvo ayer a punto de saltar por los aires, cuando se anunciaba que Puigdemont disolvería el Parlamento y convocaría elecciones. El proceso llegaba a su fin, sin el epílogo épico que con tanto ahínco reclaman los sectores más radicales del independentismo. La confianza entre unos y otros se quebró durante las horas en que Puigdemont pasó de defender la declaración de independencia como mejor opción para responder al 155, como hizo el miércoles por la noche y en las reuniones de los días anteriores, a apostar por el adelanto electoral, aparcando la proclamación de la secesión, como abanderó entre el mediodía y las cinco de la tarde de este jueves. «He estado dispuesto a convocar estas elecciones siempre y cuando se dieran unas garantías que permitieran su celebración en absoluta normalidad», dijo en su discurso en el Palau de la Generalitat.

Ante la posibilidad de que el proceso diera sus últimos coletazos, sin la proclamación de independencia, el secesionismo irreductible cargó las tintas contra el presidente de la Generalitat. «Traidor» fue la etiqueta que se le endosó cuando aún se daba por hecho que habría elecciones. Volvía el ataque por tierra, mar y aire contra el PDeCAT, a quien los independentistas de toda la vida siempre han mirado con recelo, pues consideran que los neoconvergentes no son sinceros cuando proclaman su voluntad secesionista y que si se han subido al barco de la ruptura es para aligerar su mochila, cargada de corrupción y apellidos ahora malditos como Pujol. La maquinaria de intoxicación de Esquerra funcionó ayer a pleno rendimiento y el riesgo de pasar a ser la quinta fuerza de la Cámara catalana pesaba como una losa para el partido de Mas y Puigdemont.

Esquerra, mientras, se desmarcó desde el primer momento de la decisión de Puigdemont de convocar elecciones.

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