Diario de León

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PAULA DE LAS HERAS | MADRID

Asegura un antiguo colaborador de Sánchez, probablemente uno de los que más lo conocen, que el secretario general del PSOE tiene una cualidad poco común, en política y en la vida, que es la que le ha llevado donde está: «Cuando todo el mundo piensa que ya no tiene nada que hacer, él redobla la apuesta y va con todo», dice. Unos lo llaman audacia, otros inconsciencia.

Al empezar el mes de mayo, el sondeo del CIS le situaba como el líder de la tercera fuerza política en intención de voto. Había perdido frente a Ciudadanos su condición de alternativa al Ejecutivo. El viernes, sin consultar con ninguna otra fuerza política, se lanzó a una moción de censura que su propia ejecutiva veía como una obligación ética con escasas posibilidades de éxito. El sábado, salvo sorpresa de última hora, podría estar durmiendo en el palacio de la Moncloa. La clave de la victoria de Sánchez se encuentra en esta ocasión más fuera que dentro. El clima anti-Rajoy, exacerbado por la sentencia de la corrupción, ha cobrado tal fuerza entre la opinión pública y el electorado de la mayor parte de formaciones que los grupos parlamentarios, fundamentalmente los catalanes, ni siquiera han considerado necesario exigirle nada a cambio de auparle al Ejecutivo. A él, el mismo que apoyó la aplicación del 155 en Cataluña, que respaldó la estrategia judicial del Gobierno contra Carles Puigdemont y que hace dos días prometía combatir con todos los instrumentos a su alcance la «xenofobia» de Quim Torra.

Al hasta ahora líder de la oposición le bastó con no pisar callos en su discurso para obtener el sí del PDeCAT y Esquerra, un sí que por otro lado ya habían garantizado prácticamente de antemano. Sánchez ni siquiera profundizó en sus planes para hacer frente a la grave crisis territorial que sacude a España. Es más, estuvo muy lejos de ofrecer un programa detallado. Simplemente, prometió diálogo y voluntad de consenso y se comprometió a intentar «sentar las bases para normalizar relaciones» con el nuevo Gobierno de Cataluña. Ni el PP ni Ciudadanos pudieron encontraron en sus palabras nada por lo que acusarle directamente de ceder al secesionismo. Sánchez prometió «cumplir y hacer cumplir» la Constitución y en su cruce dialéctico con los partidos independentistas subrayó que el marco de convivencia está en el Estatuto de autonomía. Incluso rebatió al portavoz de Esquerra, Joan Tardà, que existan «presos políticos». Su mayor gesto fue decir que su concepción de España es la de una nación en la que hay «territorios que se sienten naciones». Pero bastó. Y no es que no tuviera que oír críticas o advertencias. Las tuvo de todos los colores. El propio secretario general del PSOE admitió ante Rajoy que le espera una tarea muy complicada. En cualquier caso, los suyos creen que vivir un proceso electoral desde el Gobierno les da muchas ventajas y que solo llegar ya cuenta.

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