Diario de León

Los indultos a líderes del ‘procés’ y los pactos postelectorales tensan un bronco debate

El duelo escenifica los dos bloques de izquierda y derecha pero con desavenencias entre PSOE y Podemos, y PP y Cs.

Los protagonistas del primer debate: Pablo Casado (PP), Pedro Sánchez (PSOE), Albert Rivera (Cs) y Pablo Iglesias (Unidas Podemos) en el Estudio 1 de TVE. JUANJO MARTÍN

Los protagonistas del primer debate: Pablo Casado (PP), Pedro Sánchez (PSOE), Albert Rivera (Cs) y Pablo Iglesias (Unidas Podemos) en el Estudio 1 de TVE. JUANJO MARTÍN

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ramón gorriarán | madrid

Hizo falta que llegaran los bloque de política territorial y de pactos postelectorales para que el debate entre Pedro Sánchez, Pablo Casado, Albert Rivera y Pablo Iglesias saliera de la modorra con la que discurrieron los capítulos política económica y social. La corrección política había dado paso a una planicie dialéctica. Hasta que dos preguntas salieron a flote y pudieron algo de tensión en el plató de TVE: ¿Va a pactar con Ciudadanos para gobernar? ¿Va a indultar a los líderes enjuiciados por el ‘procés’? El líder socialista respondió con las generales de la ley. Silencio ante el triple emplazamiento postelectoral que le hizo Iglesias, y esperar que haya sentencia ante los interrogantes de Casado y Rivera.

El debate fue un partido a parejas. Aunque no siempre bien avenidas porque Iglesias soltó algunos pellizcos de monja a Sánchez. Rivera, a su vez, lanzó algunos puñetazos de algodón contra Casado. Las encuestas y los expertos lo dirán después, pero tuvo el aroma de un empate entre los cuatro. Nadie cometió errores de bulto y nadie se apuntó tantos memorables. Los cuatro se sintieron ganadores y satisfechos.

Tampoco hubo muchos golpes de efecto. Quizás el del silencio que recorrió el plató cuando Sánchez se enfrentó cara a cara con Casado, acercamiento físico incluido, y le reprochó que en el PP haya firmado 127 iniciativas con la izquierda abertzale en el Parlamento vasco. «¿De qué color tiene usted manchadas las manos?», preguntó, un reproche idéntico al que le lanzó el candidato popular. Casado respondió con una evasiva y otra pregunta que nada tenía que ver. Otro momento extraño fue el de Rivera y sus fotos. El candidato de Ciudadanos colocó sobre el atril un marco con la imagen de una reunión entre Sánchez y Torra para denunciar su complicidad. También exhibió otra, ésta dirigida a Casado, de Rodrigo Rato cuando fue detenido. El líder de Ciudadanos hizo asimismo unas extrañas pausas en su minuto final para subrayar que así eran los silencios del presidente del Gobierno ante los independentistas y el «golpe de Estado» de octubre de 2017, ante los padecimientos económicos de los autónomos y ante la frustración de las parejas sin hijos.

De menos a más

El debate, por lo demás, se ajustó a los cánones de otros duelos dialécticos y la tensión fue de menos a más. La chispa fue la acusación del líder del PSOE a sus pares del PP y Ciudadanos de mentir. «Más que un detector de mentiras hay que poner un detector de verdades» ante sus discursos. Era su respuesta a los intentos de Rivera y Casado de acorralar al candidato socialista por sus supuestos acuerdos secretos con los independentistas catalanes y por dejarse influir por los proetarras de EH Bildu. Casado, más comedido que en la campaña, y Rivera al alimón denunciaron que la unidad de España estará en peligro si en la próxima legislatura gobiernan los socialistas. Respondieron Sánchez e Iglesias, también de la mano, que la única respuesta para afrontar el conflicto catalán es «diálogo y diálogo». En esa madeja se enredaron los cuatro en el bloque de política territorial. Un capítulo que sirvió para que los candidatos de PP y Ciudadanos ahondaran su ofensiva contra el socialista por sus supuestos tratos y acuerdos con los independentistas. Extremo que Sánchez negó sin convencer en ningún momento a sus adversarios.

Entre los socialistas, reinaba la satisfacción porque su líder había salvado este primer debate. Lo mismo decían en los equipos del PP y Ciudadanos. Los de Unidas Podemos eran los más disconformes por los silencios que cosecharon sus respuestas a los otros tres candidatos.

Socios preferentes

No se mojó. Pedro Sánchez fue capaz de salir ayer del debate organizado por RTVE sin definir quiénes son sus socios preferentes de Gobierno. Era su estrategia para no cerrarse puertas de cara a una futura investidura y para no espantar a los votantes indecisos, que son su objetivo en esta campaña. El PSOE es, según los sondeos, la fuerza que más tentadora resulta para la mayoría de los que aún se debaten entre repetir su voto de 2016 o cambiarlo; una ventaja competitiva que quería conservar. La indefinición, sin embargo, permitió a sus adversarios sembrar dudas sobre sus intenciones. Pablo Iglesias fue, probablemnte, el más eficaz. El líder de Podemos se reivindica como garantía de que un Gobierno socialista no sucumbirá a las presiones de los poderes económicos y atenderá las «necesidad sociales» del país. No dudó en recordar, por ejemplo, que si el Salario Mínimo Profesional ha subido hasta los 900 euros, un 22%, fue gracias a su empeño e influencia. «Aclare si está dispuesto a pactar con el señor Rivera», dijo hasta en tres ocasiones, la primera antes incluso de que se abriera el bloque dedicado específicamente a este asunto. Sánchez recordó que Ciudadanos le ha puesto un «cordón sanitario», pero no negó que una eventual alianza con ellos sea su opción favorita. De hecho, recordó que 2016 ambos llegaron a un acuerdo de investidura que luego no pudo materializarse y reprochó al partido liberal que prefiera pactar con un partido que tiene «doce ministros y nueve presidentes autonómicos condenados por corrupción» y con una formación como Vox.

En privado, los socialistas ponen en cuestión que Rivera pueda mantenerse firme en su postura a la hora de la verdad, si su victoria es holgada. En todo caso, el jefe del Ejecutivo tampoco cerró la puerta a un entendimiento con los independentistas. Ni siquiera dijo eso que ha repetido ya en varias actos: que ERC y el PDeCAT «no son de fiar». Y tanto Rivera, que mantuvo su negativa a dar su apoyo a los socialistas, como Casado aprovecharon el hueco para abonar el temor a un Gobierno dependendiente de nuevo de «quienes quieren romper España». Se repite que la clave para llegar a la Moncloa es sumar los 176 diputados que conforman la mayoría absoluta del Congreso, pero es una afirmación engañosa. Si no se alcanzara la cifra a la primera, bastaría con aglutinar más votos a favor que en contra en una segunda votación, 48 horas después de la primera. Con la encuesta publicada ayer por este periódico en la mano, por ejemplo, a Sánchez le llegaría, en su escenario más optimista, con el apoyo explícito de Podemos y la abstención del resto de socios de la moción de censura. En el menos favorable, necesitaría el ‘sí’ del PNV y Compromís y sería suficiente otra vez con que los independentistas se pusieran de perfil.

Pensiones y feminismo

Actuar, avanzar, impulsar, aprobar, dotar, garantizar. Anoche fue la fiesta de los verbos de la primera conjugación. Nosotros los votantes, en cambio, somos más de la tercera: digerir y, a veces, hasta resistir, que todavía nos queda el debate de mañana. Pero, en el fondo, todos perseguían el verbo rey de la segunda: convencer. Convencer a los indecisos y reafirmar a los convencidos.

Y lo intentaron, desenvainando las espadas que ya habían estado afilando durante la campaña y blandiéndolas en cuanto tenían oportunidad, viniera o no a cuento. En política social, Rivera abrió fuego haciéndose el moderno padre de familia y acusando al PP y al PSOE (la vieja política frente a la nueva, según él) de tener la culpa de los índices de la baja natalidad en España. Pero, en cuanto pudo, sacó el tema de Cataluña, hablando de Sánchez y de sus socios los partidos nacionalistas y esgrimiendo una tarjeta de la Seguridad Social con una bandera de España tamaño XXL.

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