Casado pasa en un año de la oposición frontal al Gobierno a la moderación
El presidente del PP inició su mandato con muchos actos diarios y declaraciones a todas horas.

Casado agradecía hace un año a sus compañeros el haber sido elegido presidente del partido. ZIPI
r. gorriarán | madrid
Tal día como hoy de hace un año en un hotel cercano al aeropuerto de Barajas, Pablo Casado se erigió en líder del PP. Un mes antes, poco después de la censura a Mariano Rajoy, y durante un paseo por el parque de El Retiro en compañía del que hoy es su mano derecha, Teodoro García-Egea, había decidido medirse con las favoritas a la sucesión, Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal. Ganó contra pronóstico e irrumpió en la arena política un líder hiperactivo, agresivo y resuelto a comerse el mundo. 365 días después, y con dos varapalos en las urnas, es otro. Ha bajado el diapasón, ha limitado la sobreexposición y se ha puesto en modo hombre de Estado.
Casado quería acabar con la imagen del PP burocrático, plano y funcionarial de Rajoy, y lo hizo pasado de revoluciones. Dos, tres, cuatro actos diarios, declaraciones a todas horas y un lenguaje descarnado contra Pedro Sánchez. El pasado 7 de febrero, batió todas las marcas y casi agotó los calificativos ofensivos del diccionario al endosar una retahíla de epítetos de una sola tacada al presidente del Gobierno pocas veces escuchada: «El mayor traidor de la historia de España, felón, incompetente, okupa, mediocre, mentiroso, ególatra, irresponsable, ridículo» y así hasta 21 adjetivos. El tono sorprendió incluso a los suyos, pero negó que fueran «descalificaciones, son descripciones». Pocos días después, en abril y con las elecciones ya convocadas, afirmó que Sánchez prefería entenderse con quienes tienen «las manos bañadas de sangre que con los que tienen las manos pintadas de blanco».
En su entorno disculpaban y justificaban el lenguaje porque tenía que «fijar el mensaje» y ganar visibilidad en un escenario político hostil.
En paralelo, rehízo los lazos con José María Aznar sin abjurar de Rajoy, y poco a poco soltó lastre ‘sorayista’. La exvicepresidenta se fue a un prestigioso bufete de abogados y sus seguidores casi han desaparecido de los círculos del poder popular. Hoy apenas quedan rescoldos de aquella familia, los líderes en Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, y País Vasco, Alfonso Alonso, y la dirigente Cuca Gamarra, vicesecretaria de Política Social, son de los pocos que siguen. Casado tiene por resolver la renovación de los liderazgos del partido en Canarias, Asturias y Cantabria, aplazadas hasta la cristalización de los pactos autonómicos. También está pendiente designar las direcciones de los grupos en el Congreso y el Senado, para las que Cayetana Álvarez de Toledo y Javier Maroto tienen muchas papeletas. Nombres que suscitan reticencias internas, pero que ahora, otra cosa hubiera sido hace un par de meses, nadie va a poner en cuestión.
A los pocos meses de hacerse con el timón del partido tuvo una chiripa electoral en Andalucía de las que se dan pocas veces. Moreno puso fin a casi cuatro décadas de gobiernos del PSOE. En las generales del 28 de abril cosechó el peor resultado de la historia de los populares. Luego llegaron las municipales, europeas y autonómicas, y aunque mejoró algo respecto al mes anterior, el resultado volvió a ser malo aunque recompuso la figura mediante pactos con Cs y Vox.
La calma ha llegado para Casado y su liderazgo es indiscutible. Ya es el líder moderado con un partido pacificado y unas perspectivas políticas halagüeñas.