Diario de León
Publicado por
Luis del Val
León

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Los viejos sindicalistas conocen muy bien un principio básico de la lucha laboral que reza así: «una huelga se sabe cuándo empieza, pero nunca cuándo termina». El aforismo se refiere a las huelgas sindicales, que son las que se realizan cuando los trabajadores de una empresa se enfrentan a sus patronos, pero no a las huelgas políticas, cuyo ejemplo más palmario son las huelgas generales. Hay ciudadanos que se asustan tanto de la palabra «política» que les parece pecado, incluidos algunos sindicalistas que niegan con cinismo que una huelga general sea política, cuando la huelga general es intrínsecamente política, ya que trata de convencer incluso a trabajadores que están de acuerdo con sus empresas a que la secunden, y no por iniciativas tomadas por los empresarios, sino por medidas gubernamentales. En esas circunstancias concretas no llamar a esa huelga política es tan eufemístico como intentar denominar terapeutas sexuales a las prostitutas. Una huelga general no es buena para la sociedad, pero tiene en su concepción y en su estructura algo enormemente positivo, y es que dura 24 horas. Y, como esos derbys deportivos, donde dos equipos de la misma ciudad se enfrentan en algunos de los apasionantes partidos del siglo, casi son más importantes las vísperas que la misa cantada. Quiero decir que, una vez jugado el encuentro y conocido el resultado, las pasiones y los comentarios destilan una estela que tiende a disminuir hasta su total desaparición y, a los tres días, ya hay otros apasionantes partidos del siglo viviendo sus entusiastas y desazonantes vísperas. Lo que algunos observan como una gran catástrofe y, otros, como una victoria que aplastará el orgullo gubernamental, no será ni una cosa ni otra, transcurridas setenta y dos horas del que hoy se nos aparece como magno acontecimiento. Y es que una huelga que se sabe cuándo termina es algo que una sociedad puede deglutir sin sobresaltos, ni malas digestiones.

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