Diario de León

OPINIÓN Agustín Jiménez

El combate de los jefes

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Una de las noticias más extrañas de la temporada ha sido el desafío del jefe Garzón, que ha emplazado al jefe Marcos el enmascarado a debatir sobre derechos humanos, País Vasco y presumiblemente sobre la honorabilidad general de las cosas institucionales de España. El debate en sí es lo contrario del fraguista «eso me lo dice usted en la calle» y se hace con público de interior, aunque, a estos niveles, no hay interior ni exterior sino sólo espacio televisivo. Al inicio de su democracia formal, los colonos americanos consideraban los debates públicos como un especial del oficio religioso semanal. Los antecesores de Bush apreciaban los matices del espíritu y aguantaban placenteramente siete o ocho horas de discusión. Ningún líder es capaz hoy de hablar tanto de un tirón, a no ser Fidel Castro que, por lo mismo, tiene que componer el discurso solo. Dos cosas no quedan claras en la idea del debate. El comandante ha prometido quitarse la careta si perdía. Pero, llegado el caso, ¿cómo decidirá que ha perdido? ¿Se le encenderá una lucecita en la cabeza a los ojos de todos? El comandante sugiere un jurado. Pero ¿se resolverá el lío intelectual por votos? Y ¿qué piensa de todo ello el señor juez? Por otra parte, ¿cuándo, en un debate político, ha perdido alguien? Mucha gente siente simpatía por Marcos. Pero Garzón sólo se enfrenta con los malos malos. Si Marcos se ha equivocado en sus últimas declaraciones, enseguida lo reconocera. A no ser que Garzón sea el malo. Esto es un lío. Mientras, el comandante sigue cubriéndose su enigma como El Zorro y otros así.

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