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León

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La tarjeta de visita del presidente Bush dice: «Soy Mr. Tomahawk, ríndete». No hay manera de poder evitarlos. Son pequeños, vuelan a gran velocidad y pueden llevar una cabeza explosiva de 250 o de 450 kilos, según el modelo. Pueden ser lanzados desde buques de guerra, submarinos o superbombarderos B-52. El misil de crucero vuela a menos de 30 metros de altura sin ser detectado por los radares. Se guía por el sistema de satélites GPS. Su ordenador de a bordo conoce el terreno que tiene que recorrer. Su radar lee los obstáculos del camino, los compara con los datos que tiene grabados y los sortea. El satélite identifica la posición del misil y le confirma las coordenadas del objetivo. El margen de error es de 10 metros. La eficacia es devastadora. Cumple dos objetivos primordiales: destruir el objetivo y no causar daños colaterales. Es el gran éxito macabro de la ciencia y de la investigación. Desde el inicio de los tiempos el ser humano no ha parado de pensar y maquinar para lograr los más mortíferos artefactos para matar al enemigo. Debe ser la condición humana, el bien y el mal, el fuerte y el débil. Reflexiones aparte, la realidad es que la conmoción general por la tormenta de fuego lanzada por los aliados -también el Reino Unido estrenó su propio misil de crucero- contra objetivos concretos en Bagdad el viernes, se convierte en estupor incrédulo cuando las cifras oficiales de muertos, facilitadas por las autoridades iraquíes, hablan de tres personas muertas. Increíble. La precisión de las armas asusta. Además, evita poner en peligro a sus propios soldados. El poder que representan, agobia. Es una demostración incontestable de la superioridad armamentística de Estados

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