«Bush nos convierte en jueces del mundo. Somos los americanos los que vivimos en la infamia» A. Schelesinger (historiador)
Las raciones de comida, la mejor forma de ganarse a los iraquíes
Nuestra prueba de fuego para detectar cuándo Sadam Huseín decidirá gasearnos ha muerto. La paloma que nos había entregado el departamento de Armas Nucleares, Biológicas y Químicas (NBC, por sus siglas en inglés) no ha podido soportar otras 24 horas de traqueteo en un camión militar por las dunas del desierto, envuelto en una nube de polvo y arena. Nosotros, a duras penas. -«¿Significa eso que vamos a morir todos?», me pregunta con los ojos abiertos de par en par uno de los marines, angustiado por la posibilidad de que los temidos gases químicos ya estén en el aire. -Si seguimos tragando polvo en estas cantidades, supongo que sí, algún día», le respondo, «pero no esta noche». El resto de estos bravos marines contempla espantado el cadáver del pájaro, aún caliente en mis manos. Alguno incluso da un grito al verlo con la cabeza colgando y el pico abierto, y hace una media luna para evitar pasar demasiado cerca de mi, como si tuviera una epidemia. Habíamos arrastrado a «Body» (compañero) en una jaula desde Kuwait City, con todas las tribulaciones que eso conlleva. En Matilda, el sargento Gray nos ayudó a rebuscar los campamentos abandonados de beduinos para hacernos con planchas de alambre y otros deshechos de estos gitanos del desierto, con los que construir una jaula tan grande como un gallinero. «Body» le dio la bienvenida de inmediato, estirando las alas y saltando a la bañera de metal que le habíamos agenciado. Valía la pena hacerlo feliz, un día nos salvaría la vida, nos decíamos unos a otros. Cautela en el desierto No sirvió de nada. El desierto es árido y agreste, chupa la humedad del cuerpo de forma vertiginosa, y azota la piel con un viento polvoriento cargado de arena. Ese es el paisaje que atraviesa la carretera por la que nos adentramos en Irak. El infierno, en esa tierra alejada de la mano de Dios, se perfila en el horizonte con esas columnas de fuego que emanan del interior de la tierra y se elevan altivos por el cielo, sin expectativas de languidecer. Son los pozos de petróleo que los hombres de Sadam Huseín han incendiado en su retirada para cegar los ojos del enemigo. Muchas de estas columnas de humo y fuego que se repiten por doquier en la carretera hacia Bagdad salen de oleoductos alternativos que los iraquíes han dejado sembrados de trampas explosivas para dar la bienvenida a su enemigo. Dos marines han perdido ya las piernas en uno de esos recibimientos. Y mientras el convoy militar viaja despacio y con cautela, cargados los vehículos de sacos de arena para amortiguar la explosión en caso de que tropiece con una mina, los iraquíes caminan por el desierto con paso firme hasta emerger en las carreteras, como una aparición. «¿De dónde salen?», se pregunta un marine. «No hay casas por ningún lado». Si se agudiza la vista se pueden divisar en el horizonte pequeñas chabolas, algunas cavadas en la arena. De esos búnkers salen familias enteras que se alinean en la carretera para saludar al paso de los convoyes militares. Van envueltos en túnicas y pareos alrededor de la cabeza para protegerse del viento y la arena, y algunos llevan en la mano unos paquetes amarillos que se han vuelto muy populares en Irak. Son las raciones de ayuda humanitaria que distribuyen los americanos a su paso. Dos cajas de diez paquetes cada una por vehículo, lo justo para congregar una buena cabalgata de reyes, a la que no le siguen carruseles sino tanques, amtraks y camiones militares que llevan a un marine empuñando la ametralladora en el techo. En cada parada los marines saltan de los vehículos para inclinarse en el suelo en posición de defensa con la M-16 lanzagranadas lista para disparar. Estamos en Irak, recuerdan, y el enemigo puede estar aguardando su oportunidad. Nadie puede prescindir de la chaqueta metálica ni para ir a las letrinas. La disciplina de luz, que nos impide hasta encender una linterna dentro de la tienda de campaña, es ahora ley de vida.