«Los iraquíes no creen en la ONU» Denis Halliday (ex director del programa de ayuda humanitaria a Irak de la ONU) El frente no avanza pese a los bombardeos incesantes
Los marines encuentran una lista de militantes islámicos en EE. UU.
Los aliados bombardean, en el frente norte, Kirkuk, una de las joyas de la ri

Un «peshmerga» mira al cielo en busca de los aviones aliados
Una batería antiaérea y un treintena de peshmergas con viejos fusiles kalashnikov defienden Sekocham, el último puesto kurdo en el frente de Kustapa. A partir de aquí, tierra de nadie. Hasta hace cuatro días éste era un puesto avanzado iraquí, pero los soldados se han cansado de ser pasto de los bombardeos norteamericanos y se han replegado 12 kilómetros. Eso sí, antes de irse han sembrado el suelo de minas Balmana, un maravilla de la ingeniería italiana con cinco kilos de TNT en las entrañas. Kamal, que comanda el grupo de guerrilleros, nos advierte que no se puede seguir en coche. Los iraquíes tienen un mortero con el que les gusta practicar puntería desde su nueva posición. En las últimas horas han lanzado unas veinte granadas. Sin consecuencias. La guerra en este frente por ahora se reduce a eso: intercambios de disparos que no matan a nadie y horas de espera para que los bombardeos hagan efecto. Los kurdos saludan el rastro de los B-52 cuando se acercan a soltar su carga. Los iraquíes se esconden como conejos en sus madrigueras. Nadie se hace ilusiones. Hasta los kurdos admiten que la línea del frente sólo se mueve porque los iraquíes se retiran para ofrecer resistencia en las ciudades. Seguimos a pie, por la carretera, que al menos ofrece la seguridad de que no vas a saltar por los aires. Dejamos atrás el puesto kurdo, donde los guerrilleros se pasean por las trincheras sin mucho que hacer. La mayoría son gente sin recursos a los que los 100 euros que gana un peshmerga al mes les solucionan la vida. Dos kilómetros más adelante, a la derecha, en medio de los dos frentes, nos encontramos los restos de lo que un día fue un pueblo. Es Mamaka y está arrasado. No queda nada en pie. Entramos casi de puntillas. Kamal nos advierte de cada trozo de tierra que está removido. «Minas», recuerda. Sólo pisamos donde la tierra está bien apelmazada. Como un fantasma en medio de la destrucción aparece Fayzal Huseín. Dice que tiene 32 años pero podría pasar por mi abuelo. Yo casi no me lo creo, pero Ahmed, el traductor, dice que aquí la gente del campo envejece así de rápido. Sus manos, desde luego, tienen las huellas de una vida sufrida a cada segundo. Fayzal está triste. Volvió hace dos días a lo que fue su pueblo y se encontró con que no tenía casa. Los soldados iraquíes les expulsaron hace años. «Porque éramos kurdos y porque ayudábamos a los peshmergas», dice. Deshicieron su vivienda bloque por bloque para construir un puesto defensivo donde alguien escribió: «Sadam es la espada en la cara de sus enemigos». La insistencia de Fayzal por volver a este pueblo entre dos frentes resulta increíble. Ayer trajo el tractor de un amigo para intentar labrar una tierra que llevaba una década en barbecho. A los pocos minutos pisó una mina. «A mí no me pasó nada, pero la máquina está destrozada». La cara de Fayzal sólo se alegra cuando le preguntamos por los americanos. Dice que es un placer que vengan a luchar con ellos, con los kurdos. Eso, a pesar de que lo tuvieron un mes prisionero cuando luchó con el Ejército iraquí en la Guerra del Golfo. Por estas tierras de alianzas y traiciones las cosas van así, y ahora toca luchar con el tío Sam.