«No queremos ayuda humanitaria, sólo queremos que dejen de tirarnos bombas» Nuha Al-Radi (escritora iraquí)
Esperando el gas
En alguna parte entre Tigris y el Éufrates, allá donde dice la historia que surgió Mesopotania, Sadam Huseín ha dibujado una línea roja que cuando la crucen los soldados americanos supondrá la guerra química. «Algunos decían que esa línea era el Éufrates, pero cruzamos y no pasó nada», explica el general John Kelly. «Ahora dicen que es el Tigris, y luego la situarán a diez millas de Bagdad. En mi opinión sólo existe en la mente de Sadam Huseín. Cuando se dé cuenta de que lo tiene todo perdido, utilizará todo lo que tenga a su alcance», reflexiona el militar A pesar de ello, el general que comanda la primera división de marines se ha tomado más en serio la amenaza del Tigris, que están a punto de cruzar, porque ha decretado un estado de emergencia. Con esta alarma, las tropas están obligadas a enfundarse las botas antiquímicas, además del traje que visten desde que cruzaron la frontera. «Qué lata», protesta el marine Mauricio Ramírez cuando le dan la orden. El siguiente grado de la escala de alerta les obligará a meter las manos en unos guantes de plástico hasta el codo, y después de eso sólo quedará la máscara de gas. «No tengo duda alguna de que nos atacarán con armas químicas», sostiene Kelly. «Nos consta que las tiene y si fue capaz de utilizarlas contra su propio pueblo, también lo hará contra nosotros», apostilla. El general Kelly cree que Sadam aún vive la ilusión de controlar país y confía en ganar la batalla de la opinión pública en el mundo. Admite que los marines han ralentizado la marcha, pero insiste en que no han tomado ningún respiro, sino que se han estado preparando para la última etapa. «No queremos ser como el perro que corre detrás del coche y una vez que le alcanza no sabe qué hacer», dice. Las fuerzas estadounidenses saben exactamente por dónde van a morder Bagdad. A cada división se le ha asignado un barrio, seguros como están de que habrá que luchar calle por calle. Antes de eso toca roer otro hueso: el de la Guardia Republicana. La aviación de los marines ha bombardeado este cuerpo, el más leal a Sadam Huseín y el mejor equipado, toda las noches, pero las tropas no han entrado en combate abierto. Los hombres de la Guardia Republicana que bajaron al sur para apoyar al Ejército regular saben a lo que se enfrentan, y les esperan para dar la batalla. Kelly, que todavía confía en que continúe aumentando el número de desertores, les ha mandado un mensaje al más puro estilo John Wayne, que los traductores repetirán por los altavoces conminándoles a la rendición: «Podemos ser tus mejores amigos y tu peor pesadilla».