El presunto discurso del líder iraquí desata los rumores sobre su muerte
¿Sadam llama a la guerra santa?
«La guerra santa es un deber y aquellos que mueran en ella irán al Paraíso». Es decir, nada nuevo. El presunto discurso del presidente de Irak, Sadam Husein, a su pueblo quizá haya insuflado moral a algunos de sus partidarios; por lo demás, la única virtud que ha tenido la anunciada -y fallida- comparecencia del líder iraquí en la televisión estatal es acrecentar hasta límites insospechados los rumores de que ha muerto o, al menos, de que está gravemente herido. A las nueve de la noche, hora de Bagdad (siete en la Península), el hombre que ha sucedido a Tarek Aziz como rostro del régimen, Mohamed Said el Sahaf, ministro de Información, apareció en las pantallas de televisión de todo el mundo. Sahaf leía y decía lo mismo, aproximadamente, que dijo Sadam en otras ocasiones: «Ellos están malditos, son el mal. Con la voluntad de Dios, vosotros venceréis y ellos serán derrotados. ¡Golpeadlos, luchad con ellos!». En Washington son prudentes. No quieren decir que Sadam está muerto. Ya lo han hecho otras veces, pero las apariciones del líder iraquí, siempre en imágenes grabadas pero actuales, lo han desmentido. Esta vez se limitan a afirmar que no se tiene constancia de que nadie lo haya visto con vida desde los bombardeos del pasado 19 de marzo, cuando fue alcanzado un búnker de Bagdad en el que se cree que podría haber estado aquel día. Sadam ha condecorado a los combatientes iraquíes que participan en los enfrentamientos con las fuerzas de la coalición británico-estadounidense en las zonas de Um Qasr, Nasiriya y Fao, en el sur del país. Respecto a las informaciones vertidas desde el Pentágono de que los miembros de la familia de Sadam están intentando abandonar el país, la presidencia iraquí lo ha desmentido tajantemente. «La familia del jefe Sadam Husein forma parte de la gran familia que es el pueblo iraquí y como Sadam Husien ha ligado su destino al de su pueblo. El destino de su familia no puede disociarse del de esta gran familia», afirmó un portavoz de la presidencia, citado por la televisión oficial. Ya no queda un solo periodista independiente en Bagdad. El control del Ministerio de Información, cuya sede fue bombardeada por segunda vez consecutiva, se ha cebado en la libertad de movimientos y las actividades de los informadores extranjeros. Todos se han visto obligados a concentrarse en dos hoteles de la ciudad, desde donde al menos pueden contemplar en directo el desarrollo de las escaramuzas de la línea del frente: sólo el río Tigris separa esos establecimientos de la zona más caliente de Bagdad, la que se sitúa en torno al palacio presidencial, los principales ministerios, la Torre Sadam y una sede de la Guardia Republicana. El último grupo de periodistas outsiders, seis españoles, fue reconducido ayer a uno de esos hoteles, el Sheraton, un rascacielos casi gemelo del Palestina, que desde hace días alberga también la sede provisional del Ministerio de Información. Entre uno y otro hay apenas unas decenas de metros, pero también centenares de periodistas ansiosos de actividad y sin embargo acorralados por un programa oficial que suele constar de visitas a hospitales y lugares bombardeados y las consabidas ruedas de prensa en las salas de dicho hotel. Cerco a los periodistas Además del hospedaje, el Ministerio también ha prescrito una serie de normas de obligado cumplimiento: toque de queda oficioso a partir de la caída de la tarde, la compañía forzosa de un guía oficial por periodista o grupo de colegas y la imposibilidad de moverse individualmente aunque sea un par de metros. Además, los profesionales extranjeros deben ir provistos de la correspondiente acreditación oficial. Si se incumple alguna de esas reglas, el profesional es instado a abandonar inmediatamente el país, como pudo comprobar esta corresponsal en el centro de prensa, en el vestíbulo del hotel Palestina. A falta del asedio definitivo de Bagdad, los cientos de informadores extranjeros acreditados en Irak han visto su terreno conquistado desde el inicio de la guerra, hace algo más de dos semanas. Si en los primeros días la relativa libertad no hacía presagiar más que facilidades, ahora, con la contienda en curso, sólo se multiplican las cortapisas.