Diario de León

OPINIÓN Javier Fernández Arribas

Síndrome de la libertad

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Estamos asistiendo a una guerra sorpresa con unos altibajos que nadie entiende. Una guerra que todos deseamos que termine cuanto antes pero a la que todavía le quedan algunos actos. El principal es localizar a Sadam Huseín, sus hijos y principales colaboradores. En esta ocasión no vale el caso Afganistán con la evaporación de Bin Laden y el mulá Omar. Tikrit, la localidad natal del dictador iraquí, sede del clan del régimen, se presenta como el último bastión de Sadam. El caso del norte, del kurdistán iraquí, puede ser harina de otro costal y complicar bastante la vida a los norteamericanos si no son capaces de coordinar los intereses enfrentados de los kurdos y los turcos. Pero volviendo al espectáculo de las últimas horas en Bagdad: cómo es posible que se registren el martes duros bombardeos contra objetivos militares en Bagdad y al día siguiente desaparece la resistencia que nunca vimos y la entrada en el centro de Bagdad es un paseo para las tropas norteamericanas. Un sinsentido que nos enerva aún más porque demuestra la inutilidad y la estupidez del disparo del carro de combate norteamericano que segó la vida del cámara de Telecinco José Couso y del de la agencia Reuters en el hotel Palestina. Además, hay que analizar las escenas de caos en las calles de Bagdad, el saqueo de diferentes edificios, la rapiña de cubiertas de coche colgadas al cuello de los asaltantes y el abuelo golpeando con su sandalia el rostro de Sadam Huseín en un poster. A eso se le llama síndrome de la libertad. Dar rienda suelta a las emociones de un pueblo que ha estado durante más de 23 años reprimido y sometido a un régimen dictatorial, que no ha vacilado en conducir a ese pueblo a la miseria y a las privaciones apoyado además en el bochornoso embargo internacional. A los norteamericanos les interesa que se produzca esa explosión de emociones, de transgresión del orden establecido, para llegar como liberadores e instaurar un nuevo orden con otros principios. El problema radica en que mientras se reinstaura la ley y el orden, el caos puede causar daños irreparables o sufrimientos innecesarios como en Basora, donde la sed y el hambre provocan escenas indignas que desacreditan la capacidad de organización y previsión de la intervención militar en Irak. Una cosa es demostrar los horrores y miserias del régimen y la precariedad a la que estaban sometidos sus ciudadanos y otra es que se produzca una emergencia humanitaria. La paz se gana cuando las personas pueden comer, beber y conservar su dignidad.

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