«Israel ganó la guerra pero nació la OLP. EE. UU. ganó la guerra y nació Bin Laden. ¿Qué nacerá ahora?» Hussain Haqqani La población de Bagdad entra a saco en las residencias del clan Huseín
El lujo de Sadam se hace popular
Bagdad era una fiesta. La primera noche sin bombas en tres semanas. Un día soleado y prístino. Y la sensación de que a partir de ahora todo es posible, como en una mañana de domingo o unas vacaciones escolares. Había alegría, tranquilidad y también vacío de poder, pero ni siquiera los saqueos, generalizados, pudieron abstraerse del buen rollo. La sensación de peligro de la víspera, con milicianos armados perdonando la vida, se había esfumando. Ayer todos iban a lo suyo. Y los marines, mientras, remataban la faena y pasaban de los amigos de lo ajeno con absoluto desdén, aunque el expolio fuese ante de sus narices: ellos no van a descender a esas minucias. Porque no se hace una guerra -y se gana- para hacer de poli malo. Con fluidez y alegría, toda la ciudad entró a saco en casas, oficinas y embajadas vacías. La población se limitaba a penetrar, servirse de todo cuanto hallara y de paso saludaba a la afición o la invitaba a compartir la experiencia. Algunos recorrieron en taxi barrios enteros para cargar en el maletero un rollo de moqueta arrancada o aspas sueltas de ventiladores. Otros tiraban de renuentes vacas por los arcenes de las carreteras o de las riendas de caballos por el barrio de Yadiriya. Pero donde se pusieron las botas fue en las residencias, abandonadas, de la familia Huseín, en especial en las de los hijos de Sadam. La joya de la corona, en cuanto al botín, fue el gigantesco garaje -una docena de hangares de dimensiones aeroportuarias- donde Uday Huseín, hijo mayor del presidente, guardaba sus coches. Centenares. Más de un millar en total antes de la guerra. Hace dos días el lugar, al sur de Dora, fue visitado por 500 personas ansiosas de cambiar de coche sin tener que firmar letras. A mediodía de ayer aún quedaban allí decenas de ejemplares de lujo: un hangar lleno de deportivos de alta gama, Oldsmobiles de museo, media docena de Rolls Royce, una colección de limusinas, un Jaguar de color rosa, un Mercedes descapotable pintado de purpurina y el Porsche dorado en el que, hace tres años, Uday sufrió un atentado en el barrio de Mansur. Los asientos aún presentan los impactos de bala y la puerta derecha un reguero de sangre a la altura del tirador. La familia de Abbas Selman Al Kfiji, que vive en los alrededores, se sirvió cuanto quiso. En el patio de su casa, junto al Tigris, convivían ayer con los pollos y las gallinas un Heetwood blindado, un Mercedes 12 válvulas de purpurina fucsia y un Porsche verde con el salpicadero y los asientos de cuero a juego. En casa de Alí Safara, tío carnal de Abbas, había otra remesa de cochazos, y en la de su hermano Mohamed, un maravilloso Ford antiguo con los radios del volante de oro. La única preocupación de las mujeres de Abbas -tres, con once hijos en total- era saber si los americanos viajarían hasta allí para requisar los coches. «Es que somos muchos, y necesitamos varios coches para trasladarnos», decían a coro. Abbas, que tiene un negocio de importación de piezas de recambio de automóviles, justificaba el saqueo de esta manera: «Toda la riqueza de Irak se ha empleado durante años en financiar guerras. Primero la de Irán, luego la de Kuwait y ahora ésta. Ya va siendo hora de que parte de esa riqueza la podamos disfrutar nosotros, los iraquíes». La barriada donde se levanta su casa está plagada de residencias del clan Huseín: en Medina Jairala, el límite septentrional, un miliciano custodiaba ayer la del suegro de Sadam. Junto al Tigris, además de la finca del palestino Abu Abbas, implicado en el secuestro del buque Achille Lauro, se concentra media docena de residencias de verano de la familia, en medio de una hermosa sucesión de palmerales y naranjos. A todas ellas acudían, como a un panal de miel, decenas de bagdadíes en furgonetas, camiones de transporte o taxis. La operación, no obstante, se desarrolló con fluidez, pues de la masa salieron espontáneos capataces, líderes naturales, que fueron los encargados de poner orden en la rapiña. Los mandos saludaban e invitaban a los tres periodistas españoles presentes a compartir el fruto del botín. En casa de una de las hijas de Sadam, por ejemplo, insistieron denodadamente en regalar a esta corresponsal un par de zapatos de tacón plateados del número 35, sin éxito, claro. La Casa de las Águilas, regio pabellón de verano de Qusay, disfrutaba de todas las comodidades: un estanque en medio del jardín rodeado por cuidado césped, pérgolas y balancines, una pajarera gigantesca (en su día habitada por rapaces) y una residencia sobre el río con estancias kilométricas sembradas de divanes y horripilantes muebles estilo Luis XV o similar. A media tarde de ayer, el primer grupo de saqueadores entró en la casa como una procesión de hormigas: laboriosa y ágilmente, en fila de a muchos y con absoluto aprovechamiento. Nada cayó en saco roto: desde botellas de whisky a candelabros, bucaritos, cabeceras de camas, flores de plástico, bidés de porcelana estampada o neveras. Un águila muerta del susto se quedó tirada en un pasillo. En el resto de la ciudad, el fair play de los saqueadores brilló por su ausencia. En el barrio de Yadiriya, donde se levantan muchas embajadas y residencias de lujo, la legación de Eslovaquia fue pasto de la rapiña durante horas. La vecina embajada de Cuba sufrió un intento de asalto por la mañana, aunque la presencia de cinco diplomáticos, pendientes de evacuación, frustró el saco. La residencia de Aziz Saleh Numan Al Kfiji, que fue gobernador de Kuwait en 1990, se quedó vacía. Sólo sobrevivieron al asalto las fotos oficiales de Numan con Sadam Huseín. En el resto de la ciudad proseguían los saqueos, aunque ya quedaba poco que llevarse a casa. Las sedes del Partido Baaz recibían la visita de cientos de iraquíes deseosos de ajustar cuentas. Lo mismo le sucedió a las estatuas de Sadam, que en Bagdad se cuentan -o contaban- por centenares. Menos de recibo aún fue el asalto del Hospital Pediátrico Kamal Samaray, en pleno centro. Los marines jugaban al fútbol con los niños y repartían sonrisas de dentífrico a los viandantes.