OPINIÓN César A. de los Ríos
El paso de la guerra
Se nos anuncia una posguerra pletórica tanto en el orden teórico como en relación con el juego internacional. A los desafíos que plantea la paz en Irak (creación de un aparato estatal, problema kurdo, funciones de la ONU y la Otan, resolución del problema palestino...) se van a sumar los que afectan a la construcción del modelo de la Europa de los 25 y a sus relaciones con Estados Unidos. En definitiva vamos a vivir el diseño de un nuevo orden mundial. Pero desgraciadamente no todos van a ser problemas de alcance internacional. La guerra se ha vivido en España con tal pasión y de una forma tan visceral que será difícil superar ciertas secuelas: trivializaría si dijera que éstas van a tener una exclusiva repercusión electoral; la convivencia ha quedado malherida. La confrontación ha llegado al plano de la deslegitimación del poder político a partir del poder fáctico, de la fuerza en la calle. Ha habido una de esas eclosiones de los demonios familiares que periódicamente se dan en nuestro país aunque en este caso de una forma especialmente inquietante por cuanto ha venido contagiada de violencia. La manifestación de esta realidad política no debería tener tanta trascendencia si no llegara a afectar a las reglas de juego democráticas y a las propias bases constitucionales. A estas alturas es difícil que alguien pretenda interpretar la batalla política que se ha vivido en España en términos de pacifismo o belicismo. La guerra de Irak ha sido un pretexto pero, al margen de interpretaciones y subjetivismos el hecho es que ha sido aprovechada por la oposición como una ocasión ideal para la competitividad política. A aquella le permitía la introducción del debate moral sobre la paz y la solidaridad en vísperas de unas elecciones municipales y autonómicas. La oposición podía lanzar una campaña de gran eficacia sin tener que acudir a los programas y a las alternativas concretas. Bastaba con deslegitimar al adversario en función de una causa de tanto prestigio como es el pacifismo. Para algunos analistas la violencia que ha acompañado la defensa de la paz (la destrucción de sedes del PP, concretamente) podrá tener unos efectos favorables al agredido. No es ese, sin embargo, el sentido de las encuestas hechas a pie de guerra. Los sondeos indican un triunfo claro de la oposición y la asunción de este dato por parte de la dirección del PP. La terminación de la guerra en tres semanas ha sido ciertamente un alivio para aquella pero falta por demostrar que el PP pueda recuperarse del estado de abatimiento en que se encuentra.