Diario de León

La entrada en Tikrit deja a Irak bajo mando aliado

Del saqueo al vandalismo. De la ceremonia de exorcismo colectivo de los viejos demonios familiares a la destrucción gratuita y ociosa de enseres y bienes culturales.

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León

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Los habitantes de Bagdad se echaron ayer a la calle por cuarto día consecutivo, pero no para apurar los saldos del botín, sino para aniquilar todo cuanto quedara en pie, válido o no, del pasado. Igual daba que se tratase de un ministerio, un hospital o un museo; de la sucursal de un banco o un centro comercial: todo fue pasto de la inquina ante la impertérrita presencia de los marines que ocupan la ciudad. Bagdad se parecía ayer al Beirut de los peores días de la guerra. A las ruinas de las bombas se sumó la ofensiva de los vándalos. Edificios enteros ardían como teas mientras una capa de hollín se posaba sobre la ciudad y un olor acre, agudo, a combustión ahogada se filtraba por las esquinas. Coches carbonizados, solares, plazas y cruces arrasados; montículos de escombros, basura o hierros retorcidos a modo de cortafuegos o alambradas. Nada que ver con el ambiente festivo de los primeros días, con la catarsis de un pueblo ahíto que se tomó la revancha entrando a saco en los palacios o las cocheras del clan Husein para arrancar la moqueta y las arañas. El cariz que está experimentando el asunto es más que preocupante, pero todavía es peor la presencia estéril de los estadounidenses. Y nadie duda de que si persiste la impunidad, el grado de pudrimiento del desastre irá a más, haciendo irreversible la vuelta atrás. La lista de ejemplos es interminable. El último incendio asoló la Biblioteca Nacional, conocida como el Palacio de la Sabiduría, que contiene originales de valor incalculable. El hospital pediátrico Sadam, centro de referencia en oncología infantil, se salvó de la quema gracias a la defensa numantina de sus médicos, armados con escopetas a la puerta del centro. Fueron ayudados en la resistencia por decenas de fieles, igualmente pertrechados, que habían sido llamados a ello por los imames de las mezquitas. El país se desvanece, se esfuma, y nadie parece hacer nada por remediarlo. «Irak tiene hoy menos que cero», se lamenta Suhair El Air, ingeniera civil, presente en la concentración que, por segundo día consecutivo, mantienen ante el cuartel general de los marines cientos de personas en demanda de un mínimo servicio de orden público. «Teníamos más de lo que tenemos ahora, y eso a pesar de las guerras y de doce años de embargo. Los americanos se quedan de brazos cruzados y nosotros parecemos unos ladrones. Que no me digan que han venido a permitir que esto suceda... Con un soldado o dos en cada puerta, nada de esto pasaría», se queja la muchacha, que preparaba su tesis doctoral antes de la guerra. No es una sorpresa que los gritos a favor de Sadam, y en contra de Bush, ganen de nuevo la calle. En la concentración de ayer en la plaza de los hoteles Palestina y Sheraton, numerosos bagdadíes mostraban cartulinas con el lema «Down Bush» («Abajo Bush»). La luna de miel con el ocupante ha durado menos que un suspiro, aunque nunca fue real del todo, sólo una ilusión de cambio. «Habéis venido sólo a proteger a los periodistas», gritaban los concentrados a la barrera de marines parapetados tras una alambrada. «Y a nosotros ¿quién nos protege?», gritaban.

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