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León

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La relevante fracción del Partido Laborista que se opuso a la guerra de Irak y lo manifestó resonantemente privando del apoyo parlamentario a su jefe de filas, Tony Blair, se está impacientando porque no aparecen las célebres armas de destrucción masiva ni las explícitas vinculaciones entre el derrocado régimen de Bagdad y el terrorismo islámico. Es más: no parece verosímil que el megalómano Sadam Huseín hubiese dejado de utilizar tales armas contra el invasor si las hubiera tenido en sus arsenales. En definitiva, y como ya sospechábamos, los aliados que han llevado a cabo la acción militar nos han mentido. Las razones de la agresión militar contra Irak eran diferentes de las que se argumentaban. Y era tan evidente la tergiversación que a nadie ha sorprendido, al final, constatarla. Es más: tiene tan escasa credibilidad el marrullero gobierno Bush que nadie se creería ahora el hallazgo de armas prohibidas por sus propias tropas. La actual administración americana, falta de escrúpulos, no vacilaría en construir fraudulentamente la coartada. Sólo valdrían como prueba las armas que encontraran los inspectores de la ONU. Que, de momento al menos, no van a ser invitados a ingresar en Irak, donde serían testigos incómodos. Testigos incómodos de un gigantesco error.

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