Rajoy, el apagafuegos quemado
El candidato a la Presidencia del Partido Popular fue quien dio la cara en el Gobierno de José María Aznar durante las crisis de las vacas locas y del «Prestige» Del balcón a la ventana
En los últimos días de campaña, antes de que el calambrazo del terror lo voltease todo, Rajoy hacía confidencias de hotel y aventuraba sus cuatro escenarios electorales: mayoría absoluta; mayoría simple y gobierno con los canarios; victoria ajustada y un ejecutivo con apoyo de canarios y catalanes («jorobándome»); o una derrota sin paliativos... («y este señor que se vaya a su casa».) Rajoy, un registrador de la propiedad que el día 27 cumplirá 49 años, era saludado por sus teloneros como «el candidato más preparado que ha existido jamás». Tal afirmación se sostenía sobre sus más de dos décadas en cargos públicos: se convirtió en diputado autonómico con sólo 26 años y ya nunca dejó los despachos. Fue concejal en Pontevedra, diputado en Santiago y Madrid, presidente de Diputación, vicepresidente de la Xunta, vicesecretario y secretario general del PP, ministro de cuatro carteras y vicepresidente. Pese a tan abrumador currículo, una incógnita pendía sobre él: jamás había competido en unas elecciones como cabeza de cartel absoluto. El suyo había sido un crecimiento digital. Ayer se enfrentó por vez primera al refrendo de los ciudadanos. Perdió por goleada. ¿Confiaba Rajoy en ganar? Estaba convencido, aunque como gallego prudente ponía en duda la mayoría absoluta. Además, sabía que «Zapatero ha crecido en esta campaña». Sus cuentas se basaban en que «el mayor sondeo, el del CIS, que hace 24.000 entrevistas, nos da la mayoría, y no ha pasado nada como para romper esa tendencia». Al final sí pasó: el atentado más brutal de la historia de España, y sobre todo la turbia administración de la información por parte de José María Aznar, se han llevado por delante a un Rajoy que nunca supo tocar el corazón de los ciudadanos. Rajoy sostiene que el político debe poseer cuatro virtudes: «Paciencia, humor, espíritu deportivo y sentido de la indiferencia». Anoche acreditó un elegante espíritu deportivo. En cuanto a la paciencia, es dudoso que soporte cuatro años de oposición. En 1989, tras una trifulca con Fraga, se retiró unos meses a trabajar como registrador en Santa Pola. «Y vivía de narices», suele recordar con añoranza. Rajoy no dejará plantado al PP, pero sabe de sobra que el futuro no se llama Mariano. El apagafuegos, quemado Mariano Rajoy sucedió a José María Aznar al frente del Partido Popular, pero no le sucederá en la presidencia del Gobierno de la nación. El «hombre de fiar», como lo definió su número dos y, sin embargo, competidor en la carrera sucesoria, Rodrigo Rato, no logró esta vez ganar la confianza de una mayoría suficiente de ciudadanos que le permitiera llegar a la Moncloa, tal y como preveían todas las encuestas. Desde mayo de 1996, cuando, al frente de la maquinaria electoral del PP, aupó a Aznar a La Moncloa, este compostelano de 48 años, casado y con un hijo, se convirtió en el hombre de confianza ideal: discreto, gestor eficaz, hábil negociador y consejero personal, en el que el presidente del Gobierno delegó la solución de algunos de los conflictos políticos más enconados o de los retos más delicados. Rajoy superó, en general y con gran habilidad política, todos los trances a los que fue sometido, pero también ha pagado los errores que se le achacan al gobierno que hoy encamina el destierro a los bancos de la oposición. Su salto a la primera fila de la política fue consecuencia del éxito de la campaña electoral que dirigió y que dio la mayoría absoluta al PP en el 2000. La recompensa de su jefe fue inmediata y el entonces vicesecretario pasó a ser también vicepresidente primero del nuevo Ejecutivo y ministro de la Presidencia. Tras una primera etapa de bonanza, se estrenó como apagafuegos para hacer frente a la primera crisis del Gobierno, en las Navidades del año 2000, cuando el presidente lo puso al frente de la coordinación gubernamental en el caso de las vacas locas, el síndrome de los Balcanes y el Tyreles. Pero los encargos delicados no habían hecho más que comenzar. La prueba final, su última tarea de bombero del Ejecutivo, llegó en el segundo semestre del 2002 cuando acababa de concluir la presidencia española de la UE, que gestionó al frente de la Vicepresidencia. Con el Gobierno desgastado por la marcha atrás en el decretazo y en jaque por el escándalo del desastre ecológico provocado por el hundimiento del Prestige , Aznar eligió otra vez a Rajoy para que gestionase el desastre humano y político creado por el petrolero y para que neutralizase en el Parlamento los ataques constantes de la oposición. Mariano Rajoy, que fue apodado El señor de los hilillos , ganó la batalla política a las ojos de su partido y lo hizo sin descuidar su labor de coordinación de todos los ministerios, con un presidente del Gobierno dedicado casi en exclusiva a la política internacional y el conflicto de Irak. En este terreno, que centró sobre el presidente del Ejecutivo una de las mayores presiones políticas y ciudadanas que ha vivido, fue el único confidente de Aznar y el que más se implicó en las estrategias para superar la crisis. Muchos creen que fue en ese momento cuando se ganó la designación futura como líder del PP.