| Crónica | El ambiente del cónclave |

Adiós pasado, adiós

Felipe González no apareció en la clausura de un Congreso en el que el manido «cambio» fue algo más que una promesa

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S. Olmo - madrid
León

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«El congreso abre un tiempo nuevo», dijo Rodríguez Zapatero, por si acaso alguno de los delegados, o, mayormente, algún invitado extranjero, no se había enterado. Porque no hacía falta que lo anunciara. Todo -los gestos, la escenografía, las despedidas- mostró claramente que este cónclave socialista dio un carpetazo al pasado, eso sí, con el nuevo estilo, casi por lo «bajini», para que nadie se ofenda ni se sienta excluido, que el líder es muy mirado para estas cosas. Pero era evidente. Tanto que Felipe González ni siquiera apareció. Era la primera vez en 28 años que el histórico dirigente no estaba en la clausura de un congreso y, sin embargo, muy pocos se percataron de su ausencia y nadie le dio la menor importancia. Tampoco acudió Joaquín Almunia, el anterior secretario general, ni Alfonso Guerra, aunque éste, que es muy disciplinado, lo hizo por razones de peso: se encontraba mal de salud. En medio de tanto abandono, Javier Solana paseaba casi como un pulpo en un garaje, a la búsqueda entre los jóvenes sobradamente preparados de algún 'dinosaurio' de su época para obsequiarle con sus característicos abrazos. Era evidente también en la tramoya. Los delegados recibieron a Rodríguez Zapatero no con un sonoro aplauso, de esos que hacen retumbar las paredes -como hacían antes-, sino con unas rítmicas palmadas, muy a lo Viva la gente . Y el líder, todavía tímido, con sus brazos pegados al cuerpo, saludaba, besaba, aplaudía, camino de la primera fila, pero a mitad del trayecto decidió quedarse y se sentó como uno más en la fila 11 con sus compañeros de Castilla y León. El más contento de todos era Pedro Zerolo, el que fue portavoz del Movimiento Gay, que al oír su nombre salió disparado, subió las escaleras brincando brazos en alto, y saludó de uno en uno a sus nuevos compañeros, a muchos de los cuales veía por primera vez. Porque otra muestra del cambio es que muchos de estos nuevos ejecutivos del PSOE no se conocen ni de lejos. Quizá es otra de las grandes ideas de Zapatero: rodearse de desconocidos y retrasar así las puñaladas. Y nadie se enteró de si Zapatero se fue contento o no porque s no se dejó ver. El paseíllo triunfal para besar y dejarse estrujar por los entusiastas también se suprimió y sólo los más íntimos tuvieron el privilegio de acercarse al líder en la cuarta planta reservada. Adiós pasado, adiós.

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