Diario de León

Carretar votos para el Tío Sam

Transportar gente a las urnas y hacer campaña en la puerta de los colegios no está prohibido en Estados Unidos y los partidos han echado el resto en este último esfuerzo

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Tomás García - enviado especial | washington
León

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«Que nadie quede sin votar al presidente Bush por no poder desplazarse hasta la urna». Ruperth está jubilado y lleva toda la mañana trayendo gente en su viejo Chevrolet a la residencia St. Mary, un centro de la tercera edad en el distrito oeste de la capital federal. Esto es Washington DC y carretar votos está aquí a la orden del día, legalizado y con una dotación propia en los presupuestos de las campañas de los dos grandes partidos. «Lo agradecen mucho porque hay gente mayor que de otra forma no vendría», afirma Ruperth, aunque admite que su trabajo no será decisivo para la victoria de Bush. «Si el coche me respondiera mejor habría ido de voluntario a Pensilvania. Pero era arriesgado», explica, sin tiempo para más porque las tres señoras a las que trajo ya han votado y no hay tiempo que perder. Ruperth no cobrará por este trabajo, pero se estima que en todo el país hay 600.000 personas haciendo lo mismo, muchas de ellas trabajando para empresas contratadas por republicanos y demócratas. Sólo la maquinaria de Bush se ha gastado 125 millones de dólares en llevar a la gente a las urnas, el triple que hace cuatro años. Los demócratas confiesan sólo 60 millones, pero si se suma el gasto de grupos de activistas afines, la cifra supera a la de su rival. El trabajo de estos operarios es muy sencillo. Tienen unos listados con votantes registrados bajo las siglas de su partido -en Estados Unidos, al solicitar la participación en unos comicios, hay que señalar si se respalda a algún partido o si se es independiente, palabra a la que pocos quieren verse asociados-. «¿Recuerda que hace unas semanas usted se registró como votante de nuestro partido -preguntan los teleoperadores-. ¿Y tiene cómo ir a votar o desea que le mandemos un coche». Y así se organiza el carreteo de votos en la tierra del Tío Sam. Lo primero que se encuentran los ciudadanos al llegar al colegio electoral es un enjambre de voluntarios que piden el voto para sus candi-datos. No para Bush y Kerry: aquí ganará el demócrata por goleada y los partidos se han llevado a su gente en autobús a estados clave. Pero están en el aire un miembro de la Cámara de Representantes, dos concejales de distrito, el consejo escolar en pleno y hasta el presidente de la asociación de vecinos del barrio. Rita, simpatizante de Kerry, ha venido a echarle un cable a Kris Hart, un mocoso que quiere acabar con quince años de reinado de la presidenta vecinal. «Nunca se le presentó nadie en contra,y está que echa chispas», explica Rita, mientras reparte papeletas con el nombre de Kris marcado. En semejante barullo no resulta fácil votar. En el área de Foggy Bottom viven sobre todo universitarios y ancianos, y los últimos están provocando una buena cola, porque el trámite es complicado. En primer lugar hay que comprobar si el votante está en la lista. En caso afirmativo pasa a una nueva fila al final de la cual le dan la pa-peleta, tamaño doble folio en el que vienen los candidatos de todos los comicios, desde Bush hasta el entusiasta Hart. Aquí surgen los primeros proble-mas, cada aspirante tiene una flecha discontinua a su lado y se trata de unir la del elegido. Varios asistentes ayudan a los que lo necesitan. Por último una tercera cola, la de la urna. «Este año no habrá problemas», garantizan. Ojalá.

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