Diario de León

El hoy de los dos leoneses que sobrevivieron a la matanza de Madrid es aún una lucha por la vida

12-M

Antonio, de 19 años, combate una hemiplejia y María, de 30, lleva meses buscando trabajo La poesía de Antonio, un día antes

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Marco Romero - león
León

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Son gente corriente, ambos hijos de leoneses del Órbigo y del Páramo que emigraron hace años a Madrid en busca de una oportunidad. El 10 de marzo de este año, Antonio Miguel Utrera Blanco, de 19 años de edad, aún tenía planeados los próximos cuatro años de su vida; hoy se siente «un títere». María Alonso Lobato, de 30, era una prometedora restauradora de arte y ahora teme no poder subir jamás a un andamio. Detrás de la matanza de Madrid ocurrida hace ocho meses han quedado muchos muñecos rotos, a quienes su presente se les ha retorcido en una continua lucha por la vida. Han sido 253 días mitad sufrimiento, mitad supervivencia. El testimonio de las dos víctimas leonesas del 11-M es desgarrador, pero también un ejemplo de valor hercúleo contra las secuelas que arrastran. Antonio nació en Madrid. Su padre, Antonio Utrera, es sevillano, y su madre, Eloína Blanco, astorgana. Los tres viven en un bajo de la población periurbana de Ajalvir. El joven, hijo único, estudia Historia en la Universidad Complutense. De la funesta mañana del 11 de marzo recuerda muy poco: «Sólo tengo memorizado que el vagón se llenó de humo blanco, que salí rápido y que enseguida llamé a mi madre con el móvil para decirle que aquello era un atentado». «Avancé -agrega- y me apoyé en un muro que había junto a las vías. Rápidamente llegaron los camilleros y me trasladaron hasta el hospital de campaña. Allí perdí el conocimiento. Cuando desperté ya estaba en la UCI del Gergorio Marañón». Secuelas físicas «Ocho meses más tarde me falta mucho por conseguir», confiesa Antonio Miguel. Es un joven muy especial, lo dice su mirada y sus palabras. Una gorra esconde la cicatriz de una operación frustrada para implantarle parte del hueso craneal que perdió durante la explosión. Padece, además, una hemiplejia parcial que limita sus movimientos y ha sido sometido a varias intervenciones para eliminar dos coágulos de sangre en el cerebro. La onda expansiva que se extendió por el vagón también le perforó el tímpano de un oído y le provocó sordera en otro. La nueva agenda Es jueves. Han pasado unos minutos de las diez de la mañana y una ambulancia recoge a Antonio para llevarle al Hospital Gregorio Marañón, donde sigue su terapia de rehabilitación para conseguir movimientos voluntarios en las extremidades izquierdas. En diciembre tiene la esperanza de que una operación zanje su problema de la cabeza y en marzo, si todo marcha bien, se le colocará un sonotone para devolverle el oído. Por las tardes estudia apuntes que le pasan los compañeros de carrera -«se están portando mejor que nadie»- y escribe poesía. «Lo de ahora es más alegre que lo anterior, más optimista. Es muy paradójico, sí», reflexiona. Tanto le ha marcado este hecho que su próxima historia empieza en un hospital. «¿Que cómo ha cambiado mi vida? Pues mira, antes salía y ahora me sacan. Tengo unas ganas inmensas de andar y de hacer cosas. Cuando fue Irene Villa a verme al hospital me advirtió que eso era lo que me iba a pasar. Y ahora siento que cuando los medios cuentan algo del 11-M hablan de mí, que yo soy la noticia, pero tampoco me obsesiono con seguir todo lo relacionado con los atentados», explica. El mitin premonitorio de ZP El sábado 6 de marzo, Antonio había acudido acompañado a un mitin del PSOE. «La gente coreaba 'presidente' y yo le dije a la amiga con la que iba: 'Pobrecitos, qué chasco se van a llevar'». «El día de las elecciones, cuando me enteré de que había ganado, me alegré muchísimo en la UCI, me puse a gritar... ¡Menudo espectáculo monté!». «Ahora, cuando lo pienso, siento tristeza porque me parece penoso que tenga que pasar algo como lo que pasó para que haya un cambio. Y aquello vino de lo que vino. Yo no soy una víctima del 11-M, soy un ex combatiente de la guerra de Irak», sentencia. Este ex combatiente , como se autodenomina, libra una batalla contra la soledad. «Cuando todo el mundo se enteraba de lo que me había pasado, la gente se sobrecogía y se interesaba por mí a cada momento; no sentía soledad. La soledad vino, después, pero vino. La gente me ha hecho falta en muchos momentos, necesitas contar con unos oídos amigos. Ahora, cuando estoy mal, es mi madre la que se traga mis penas». Un mito sobre raíles El tiempo ha ido engrandeciendo un mito en los pensamientos de Antonio Miguel. No ha vuelto a subir a un tren. Promete hacerlo en cuanto concluyan sus operaciones. Pero su temor no cesa y admite que él mismo está imposibilitando este avance en la terapia a la que le está sometiendo un psicólogo del Gregorio Marañón. «Este hombre no daba un duro por mí. Creía que las secuelas cerebrales iban a afectar a mi pensamiento, pero no ha sido así y ahora todos los médicos están contentos». Antonio Miguel, el ex combatiente , tiene un segundo miedo. No puede pronunciar la palabra «futuro» ni «mañana». «Para mí supone un gran esfuerzo pensar en lo que va a pasar y ya no me gusta nada decir 'mañana nos vemos' o 'hasta mañana' porque puede que el mañana no exista. Desconfío del futuro y de la gente». También desconfía de Dios. Más bien no cree. O prefiere no creer, porque si creyese pensaría que se trata de «un ser repugnante». «¡Dios ha muerto!, exclama. Desde que me desperté en la UCI no he dejado de hacer apología de Nietzsche. LLegó un momento que me sentía desinhibido y no paraba de hablar». El joven ex combatiente no guarda rencor a los terroristas que le han roto la vida. Y lanza un mensaje a los gobernantes haciendo suya una célebre frase de Carlos Marx: «El pueblo que no recuerda su historia está condenando a repetirla». La restauradora El proceso de recuperación de María Alonso Lobato ha sido mucho más rápido, dada la levedad de sus lesiones en relación a las de Antonio Miguel. María es hija de Roberto Alonso Gutiérrez, de San Miguel del Camino, y de María Lobato Valdueza, de Benavides de Órbigo. Residen en la población madrileña de Santa Eugenia. El 11 de marzo María había tomado el tren que explosionó en El Pozo. Se dirigía a la facultad de Farmacia, donde trabajaba como restauradora de arte en la biblioteca. Cuando despertó del impacto, un anónimo ya la había sacado del vagón destrozado. «Polvo, gente tirada y calor», es lo poco que recuerda de aquella mañana. La trasladaron al Hospital 12 de Octubre y allí permaneció ingresada una semana. El accidente se cebó en su espalda. «La vuelta a casa fue muy dura. No me podía mover y tenía todo el cuerpo dolorido», recuerda. Así estuvo durante un mes, con un collarín como aliado de sus secuelas. Las revisiones médicas fueron desviadas a su mutua y en pocas semanas María ya estaba de nuevo trabajando. Hasta que pudo, porque su contrato finalizó tiempo después. Desde entonces, día sí, día no se pasa las horas entregando currículos y buscando un empleo. Le encantaría que fuera en León, donde se encuentra una abuela. Pesadillas sin relación María dice haber superado los acontecimientos sin grandes problemas, aunque todavía hoy arrastra los efectos psicológicos de la masacre. «No tengo imágenes ni pensamientos relacionados con el atentado, pero desde entonces tengo pesadillas que no tienen nada que ver con eso. Antes jamás me acordaba de mis sueños». «A veces -comenta- es como si no hubiera estado allí». Abunda y matiza: «No guardo odio contra los terroristas porque no me lo tomo como algo personal contra mí. Respecto al terrorismo, pienso lo mismo que todos, pero no es un rencor obsesivo». Cuando María enciende la televisión no cambia de canal si lo que aparecen son imágenes de los atentados. «Si sale algo y si me interesa lo veo. Vi, por ejemplo, el vídeo de Atocha y no me sentí peor». Esta prometedora restauradora de arte afronta su futuro con miedo «a no volver a subir más a un andamio» como consecuencia de las secuelas que el 11-M dejó en su columna. Pero si hay ganas de luchar en algún lugar, en ese sitio viven Antonio y María.

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