El mal llamado «Desatinos»
Miguel Ángel Moratinos era a priori uno de los hombres fuertes del Gobierno de Zapatero. Su brillante currículum diplomático, su prestigio internacional y su especialización en el mundo árabe -tan importante y necesaria en estos tiempos- le avalaban. Sobre todo sus casi siete años como enviado especial de la Unión Europea en Oriente Medio, periodo en el que tuvo que negociar con palestinos e israelíes. Allí entabló una relación personal amistosa con Arafat, en la que sus críticos han querido ver una manifestación de sus tendencias izquierdistas y tercermundistas, aunque también mantuvo estrechos lazos con los dirigentes israelíes. Entre 1987 y 1991 fue subdirector general para África del Norte; entre el 91 y el 93, director del Instituto de Cooperación con el Mundo Árabe; y en 1993 fue nombrado director general de Política Exteriores para África y Oriente Medio. En el 96 fue designado embajador de España en Israel. Desempeñó un importante papel en la preparación de la Conferencia de Paz de Madrid, en la que por primera vez se sentaron en la misma mesa israelíes y palestinos desde la creación de Israel en 1948. En suma, un impresionante y difícilmente mejorable historial en la zona más conflictiva del mundo, sobre la que gira actualmente la política internacional. A este madrileño de 53 años, casado con Dominique Maunac y con tres hijos, diplomático de carrera, le perdió precisamente la falta de diplomacia el lunes en el programa de televisión 59 segundos . Un espacio que algunos de sus compañeros de partido consideran «letal» por su formato, que obliga a polemizar y hablar muy deprisa. Ahora tendrá que probar que Aznar apoyó el golpe contra Hugo Chávez. Como sucedió con su antecesor Fernando Morán, los comentaristas conservadores le han puesto en su diana y le han bautizado como Desatinos , al tiempo que le acusan de antiamericano y de llevar a la catástrofe la política exterior española. Las malas relaciones con EE.UU., iniciadas a raíz de la guerra ilegal contra Irak, y algunos elogios como el que le hizo ayer su homólogo cubano, Félix Pérez Roque han dibujado una imagen de él muy alejada de la realidad. No es ningún radical ni un antiamericano visceral ni un izquierdista procubano ni un tercermundista antijudío. Es un diplomático serio, riguroso, respetado y al que la pasión y el acaloramiento jugaron el lunes una mala pasada. Cierto es que esos son defectos para el jefe de la diplomacia española. El miércoles deberá demostrar que no mentía.