Diario de León

Dieciocho mil a la hora, seiscientas mil cada día están pasando ante el cadáver de Juan Pablo II

Treinta personas visitan cada segundo la capilla ardiente de Karol Wojtyla

Más de un millón han entrado ya en la basílica de San Pedro para rendir honores al Santo Padre

Publicado por
Fernanda Tabarés - enviada especial | roma
León

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San Pedro hipnotiza. La catedral que preside el Vaticano, el centro espiritual de los católicos del mundo, está hoy impresionante como siempre pero dentro descansa el cadáver de un Papa. La combinación es tan subyugadora, la suma resulta tan solemne que más de uno habrá entrado a la basílica agnóstico y salido creyente. Un órgano emite un sonido fúnebre, una bofetada de olor a incienso anestesia los sentidos y un ejército de sacerdotes, de rangos y congregaciones imposibles de discernir, se mueven por el interior como si el edificio se hubiese convertido en un descomunal hormiguero. ¿Pero, cuántas órdenes religiosas hay? Por aquí y por allí circulan jesuitas, capuchinos, monjas con hábitos grises, monjas con hábitos negros, otras con una corona incrustada en la cabeza, y hasta algunas con ropas de un sorprendente color azul eléctrico. Obispos, cardenales, jerarcas de la Iglesia ortodoxa, con sus gorros cuadrados, y hasta un mini ejército de religiosos orientales que portan hábitos negros y fajas rojas pero que no deben de ser cardenales. Y abrazando este singular velatorio, una cola eterna, que hoy se ensarta en San Pedro como si fuese una saeta. Treinta personas por segundo, dieciocho mil a la hora, seiscientas mil cada día están pasando ante el cadáver de Karol Wojtyla, con el baldaquino de Bernini al fondo. Hasta el momento son ya más de un millón, las personas que han pasado por la basílica de San Pedro para rendir honores al Santo Padre. Síndrome de Stendhal «!Dios...!». Resulta imposible averiguar si la exclamación que se acaba de oír es una confirmación de fe, un síntoma del síndrome de Stendhal o una proclamación de alivio proferida por alguien que lleva unas ocho horas en la cola y que al fin ha conseguido su objetivo: ver al Papa. Y lo que se ve es un cadáver que parece un figurín, con la cara muy blanca, como acartonada. La verdad, resulta imposible reconocer en ese rostro los rasgos de Wojtyla. Muchos de los peregrinos que alimentan esta cola de proporciones bíblicas han llegado al Vaticano en autobús. Las líneas urbanas están hoy reventadas y circular por esta mermelada caótica que es el tráfico romano -el corazón se instala en la garganta y ya no desciende, a la espera de ese cacharrazo inminente que en realidad nunca acontece- resulta un auténtico prodigio. Ahora se entiende por qué la empresa municipal que gestiona este transporte público se llama Atac. Hoy han tenido que demostrar que más que autobuses son auténticos guerreros. Entre el catafalco en el que reposan los restos de Juan Pablo II y la última persona que está a la cola han llegado a mediar tres kilómetros. Pero esta es una magnitud que así, sola, no sirve para entender como se ha puesto el Vaticano. Porque esta serpiente densa, que se mueve a trompicones, que en algunos tramos tiene un grosor de siete metros y que se enrosca y se retuerce entre las vallas que cuadriculan la plaza es como un monstruo infinito que no entiende de magnitudes. Si los habitantes de Vigo y los de La Coruña se vinieran todos juntos no serían tantos como los que en estos momentos aguardan para contemplar la máscara de cera en que se ha convertido el rostro del Pontífice.

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