| Crónica | Una fría acogida | OPINIÓN
Un día sin pompa y bendición postrera ¡Bienvenida Camila, duquesa de Cornualles!
Los británicos compartiron con Carlos su deseo de discrección y no asistieron a presenciar el primera ceremonia civil de un alto miembro de la familia real británica
Si los preparativos de la boda parecían estar marcados por la mala fortuna desde que se tuvo que cambiar el lugar previsto del enlace en el interior del castillo por la sede ceremonial del Ayuntamiento, el final fue protegido por buenos hados. En primer lugar, porque tras el aplazamiento de la boda al coincidir con el funeral del Papa, la pareja supo que el Guildhall podía acoger su matrimonio un sábado y con tan inminente anuncio. El aplazamiento se desveló como una bendición. El viernes fue un día inhóspito, con vientos y fuertes lluvias. Pero ayer amaneció con un cielo despejado, que luego se cubrió, pero de una manera tolerable para una mañana primaveral. Si Carlos se considera víctima de la mezquindad e hipocresía mediática -llegó a decir entre dientes a sus hijos, en sus vacaciones de esquí en Klosters, que odia al corresponsal real de la BBC, Nicholas Witchell- el periodismo parecía dispuesto a la caza del príncipe. A las ocho y media de la mañana había en las calles de Windsor más cámaras y escribas que público, que hicieron caso al príncipe Carlos y no acudieron a presenciar la primera ceremonia civil de un alto miembro de la familia real. Chicas que lucían camisetas con el lema: «Soy una princesa, cásate conmigo», eran fotografiadas y entrevistadas por periodistas en fila india. Porte y mantequilla La BBC cifró en torno a 20.000 el número de asistentes en los aledaños del castillo. Parece una exageración impropia de esa televisión. Al mediodía, cuando transcurrió el enlace civil, no habría más de 2.000. Acudieron jóvenes con banderas británicas, mujeres con enseñas inglesas. Y, entre las muchas voces extranjeras, la bandera más grande era la italiana. Y la enseña real, coronando el castillo, que lucía espléndido en el Largo Camino, uno de los más bellos parajes de la comarca. Por allí llegaban con discreción los invitados, en un museo de coches lujosos. Aristócratas de gran porte confirmaban el estoicismo británico. Esperando en la cola para acceder al aparcamiento de invitados, habrían el portamaletas y sacaban un sandwich traído de casa -no es descartable que fuese de pepinillo y mantequilla- para aliviar la espera. Un casino cibernético contrató a una 'troupe de dobles'- los había de Beckham y Posh, Blair y compañía- para promocionar su negocio. Los que se parecían, bastante, a Carlos y Camila eran las estrellas. Y se besaban a petición del público. HABEMUS boda. Durante los meses que han durado los preparativos, se ha pasado de la crónica social a la rosa y de ésta a un culebrón, donde el prestigio de la monarquía inglesa quedó reducido a la reina, Isabel ll, atrincherada en su residencia de Windsor desde donde ha dejado vislumbrar más que indicios sobre la animadversión que profesa a la recién llegada a palacio. Camila quiere un lugar al sol, pero la meteorología no se presenta propicia sobre Albión. O, tal vez, sólo pretenda justificación para un romance fraguado entre bastidores, cuando los ingleses ya no están para romances reales. Pues el romance, lo que se dice romance de cuento de hadas, se desvaneció para siempre en la princesa Diana. De la duquesa de Cornualles, nadie duda que tiene agallas, amén de buenas razones, para dignificar su relación con el príncipe de Gales. Pero donde la duquesa va a tener más difícil arrancar un reconocimiento popular es precisamente en el señorío que ostenta su título, el Condado de Cornualles. Es éste el más occidental de la corona y el más apegado a sus tradiciones, -que van desde la propia lengua: el córnico, hablado incluso en el siglo XVlll, hasta las propias creencias religiosas: el Metodismo, que le prestan un espíritu sedicente, pues la monarquía inglesa representa a la más alta jerarquía de la Iglesia Anglicana. Cornualles es tierra de mito y de leyenda, tierra que pretende haber dado nacimiento al rey Arturo en el castillo de Tintagel, bajo los auspicios del mago Merlin y que reivindica haber dado sepultura a Tristán. En estas condiciones, no es de extrañar que el territorio entero viva y reviva en la sombra de la princesa más afín a los cuentos de hadas, los elfos y los filtros amorosos: Diana, la princesa con nombre de diosa. Camila se lleva la peor parte de la historia. Es decir, para los cornualleses, (celtas, escasa o nulamente romanizados), Camila ostenta la popularidad pérfida de la bruja Carabosse. Y es que Cornualles, tierra de lealtades desmedidas, que vivifica un viento imperecedero en los páramos del interior, y el ensueño del agua al abrazar la tierra indómita en los dominios del mar, es libre en sus sueños. Los que conocemos esa tierra épica y mitológica, donde se encuentran los vestigios neolíticos más inquietantes -como la Piedra del Agujero o el dolmen de Lanyon- y a la que viajamos, precisamente atraídos por sus misterios y leyendas, sabemos que Cornualles mira escasamente a Londres, como no sea para el cumplimiento estricto de sus deberes o para la salvaguarda de sus intereses turísticos. No sólo se muestra displicente con Londres, sino concretamente con los Windsor, porque se siente más Tudor en su espíritu de aventura marina, de bucanero, como salido de la novela de Byron. Lejos pues allí queda Camila, duquesa de Cornualles, señora de esas tierras, por mor de esponsales. Si alguna conclusión de alta política, puede extraerse de esta Boda Real, es la de que todo parece indicar que Carlos de Inglaterra, triste Tristán moderno, no tiene vocación de Rey, sino de Alteza consagrado a los placeres simples de la vida retirada en su residencia de Highgrove, junto a su Isolda particular. La tarea de reinar, corresponderá con cierta seguridad a su hijo Guillermo, sobre el que más pronto o más tarde abdicará. «Han estado muy enamorados y es hora de seguir adelante con la vida» Una británica