| Reportaje | El islamismo radical en el reino alauí |
Marruecos: represión, miseria y yihad
La ola masiva de detenciones que siguió a los atentados de Casablanca no evita que el reino alauí se esté convirtiendo poco a poco en terreno abonado para una nueva generación de terroristas
La madre de Rachid Jalil, uno de los dos suicidas que finalmente no se hizo explotar en Casablanca
Rachid Jalil iba a suicidarse el 16 de mayo del 2003 en Casablanca frente al local de la Alianza Judía. Según la versión de la policía ma-rroquí y el auto de la Justicia que lo condenó a muerte, Rachid llevaba encima un chaleco cargado de explosivos que ter-minó abandonando tras ver volar por los aires a dos de sus amigos. Dos días después la policía entró en su casa y en medio del estupor de la familia, que estaba durmiendo, fue detenido. «Aún hoy no sabemos por qué la policía dice que mi hijo era un kamikaze. Era un chico normal, que iba de casa a la escuela técnica y de allí vuelta otra vez a casa. Pero mire a mis hijas, ¿cómo pueden decir que somos extremistas si ni siquiera llevan velo?», dice su madre. Estamos en Douar Toma, un po-blado de chabolas y casas pobres donde no hay agua corriente, la electricidad escasea, el alcantari-llado no existe y los únicos agentes de seguridad que se pasan por aquí son los soplones del barrio, que no combaten la delincuencia, pero sí informan de todo lo que pueda resultar subversivo o peligroso para el Gobierno. Hemos llegado a la casa de Rachid Jalil por una se-cuencia de callejuelas estrechas y pestilentes, donde los jóvenes ven pasar la vida sentados a las puertas de sus casas con los brazos cru-zados, sin empleo ni esperanza de encontrarlo. Los tejados están poblados, eso sí, de parabólicas por las que llega la señal de televisión de Al Yazira , y por la que pueden ver las últimas imágenes que llegan de Irak o la último comunicado de Al Zarqawi. De aquí, de este barrio donde viven apenas 600 familias, salieron 12 de los 14 kamikazes que se suicidaron en Casablanca y mataron a 42 personas. Nada identificaba a Rachid como un posible terrorista. Tampoco a Mohamed el Agbawi, que sí se suicidó y que estaba prometido a una de las hermanas de Rachid. En Douar Toma, las familias aseguran que se enteraron por la prensa. Caldo de cultivo Los cerebros de los atentados de Casablanca encontraron en la desesperación de los jóvenes de Douar Toma territorio fértil para reclutar a los ejecutores de la matanza. Barrios como éste, Beni Makada en Tánger o Al Layaida en Salé, a menos de un kilómetro del palacio donde vive Mohamed VI, son el caldo de cultivo ideal para encontrar a los futuros terroristas. Barrios en los que, como confiesa un diputado islamista, los jóvenes sólo tienen dos opciones: o se unen a las bandas de narcotraficantes, o a los grupos extremistas. En el caso de Douar Toma posiblemente les bastó con la promesa de que se convertirían en sehid (mártires) y que ganarían el paraíso para ellos y para diez miembros de su familia. «El proceso de adoctrinamiento empieza reclutando a alguien que frecuenta la mezquita, pero que además forma parte de alguna sociedad religiosa. De esta forma nos aseguramos que se trata de alguien capacitado para trabajar en equipo. Luego se les dice que estas asociaciones a las que per-tenecen no son verdaderamente musulmanas. Se les dice que hay que hacer otro tipo de cosas para defender el Islam. Es ahí cuando se les empieza a introducir el térmi-no de mártir, el morir por Dios. Se les empieza a decir, por medio de versos coránicos, que el verdadero musulmán no es el que está vivo. El verdadero es el que muere por Dios. Los que aceptan morir dan el paso y empieza a la preparación para el atentado. Se les enseñan vídeos grabados en Afganistán y en Palestina», dice Mohamed Darif, el mayor experto marroquí en terrorismo. Los jóvenes de Douar Toma tenían además la ventaja de que, en un estado policial como el marroquí, pertenecían a un barrio casi sin ley, lo que les daba la ventaja inusual de poder moverse sin control. El proceso de preparación tampoco fue muy complicado. Eran terroristas de usar y tirar, así que se les enseñó lo justo. A algunos ni eso; ante el temor de que algunos no reunieran el valor suficiente para suicidarse, los más convencidos llevaban detonadores que accio-naban sus propios explosivos y los de los otros compañeros. «Aquellos jóvenes no tenían nada que ver con Al Qaida, jamás llegaron tan alto. Los que los re-clutaron sólo los utilizaron como ejecutores», dice Darif. Represión Marruecos asistió estupefacta al rastro de sangre que dejaron los atentados del 16 de mayo. El Go-bierno decidió aplicar una política de tábula rasa y de paso desemba-razarse de los movimientos afines al salafismo combatiente (una ideología que aglutina a los grupos islamistas más radicales y que en Marruecos critica al rey por ser un apóstata). En los días siguientes se metió en la cárcel a 7.000 personas. De ellas 2.000 fueron juzgadas y condenadas. «Metieron en la cárcel a todo el que llevaba barba como los islamistas, o a los que se vestían como afganos. Detenían a alguien, cogían su teléfono móvil y miraban su agenda para detener a todos los que habían tenido contactos con ellos», cuenta Mouhtad Abdel-rahim, presidente de la asociación Ennassir (apoyo, en árabe) que de-fiende a los presos islamistas. Ha sido Mouhtad, un antiguo miembro de la Legión Islámica que pasó cinco años en prisión por contrabando de armas, quien nos ha traído hasta Douar Toma. En los últimos días su asociación se multiplica para dar a conocer la situación de las familias de los detenidos y de los propios presos que, tras denunciar repetidamente las irregularidades en los juicios y las torturas que han sufrido, se han declarado en huelga de hambre in-definida. Sólo tomarán agua y azú-car hasta que el Gobierno decida atender sus peticiones: revisión de los juicios, liberación de los ino-centes y una nueva investigación de los atentados. Mouhtad viene acompañado por varias mujeres de detenidos, todas vestidas con shador que les tapa todo el cuerpo. A algunas no se les ve más que los ojos. Todas tienen una historia parecida. La de Bahiya Qaruina es un buen ejem-plo. Su marido es mecánico, muy religioso y vestía como un afgano. Está condenado a cadena perpe-tua por ser uno de los supuestos suicidas reserva. El 21 de mayo del 2003, mientras veía un partido de fútbol del Real Madrid en la tele llamaron a la puerta de su casa unos desconocidos que querían arreglar el coche. Él no quiso abrir porque ya había cerrado el taller. De repente, tiraron la puerta. Cinco personas entraron y lo registraron todo. «Uno de los hombres llamó a sus jefes y dijo que no habían en-contrado nada. El otro le contestó que daba igual, que se llevaran a mi marido de todas formas. Se lo lleva-ron a Temara», dice Bahiya. El nombre de la cárcel de Temara es legendario en Marruecos. Oficialmente no existe, pero los últimos informes de Amnistía Internacional constatan las violaciones que allí existen. Es una prisión básicemente política, donde los reos son retenidos durante cortos periodos de tiempo y donde se les aplica el máximo grado de presión. «Es como Abu Ghraib -dice Bahiya-. A mi marido le interrogaron y le torturaron durante 11 días. Luego le hicieron firmar una confesión con los ojos vendados». La represión fue tan brutal que hasta el propio monarca Mohamed VI reconoció que se habían cometi-do excesos. Eso sí, sólo habló de 21 casos de «derrapes» en la conducta de la policía. «El régimen marroquí todavía está a tiempo de reconciliarse con los islamistas -dice Mouhtad-. Todavía no ha corrido la sangre, no se ha ejecutado a nadie». No es probable que eso ocurra. Marrue-cos no aplica la pena de muerte desde 1995 y en aquella ocasión fue a un policía que había violado a 500 mujeres y lo había grabado en vídeo. De todas formas la ame-naza velada de Mouhtad sigue ahí. «La sangre llama a la sangre. Si aplicaran la sentencia habría una venganza y habría más atentados. Si matan a tu hermano no te vas a quedar de brazos cruzados. Hay casi 3.000 detenidos. Cada uno con su familia de, digamos, cinco miembros. Esos son 15.000 personas. Eso es un ejército», dice. Radicalización La ola represiva parece haber borrado de las calles al salafismo combatiente, al menos en Casa-blanca y en Rabat, sus dos reductos principales. No parece que ocurra lo mismo en el norte del país, en ciudades como Tetuán y Tánger. Allí, el reciente ataque contra el monumento en memoria de las víctimas del 11-M demuestra que los grupos más radicales siguen activos aunque sea de forma poco llamativa. Sin embargo, el temor de varios expertos es que la mano dura que ha aplicado el Gobierno termine radicalizando a los detenidos y a sus familias que quedan excluidas de cualquier puesto de trabajo público e incluso privado. «Las detenciones de después del 16-M fueron muy inteligentes. Detuvieron a todo el mundo, así que el salafismo combatiente ha desaparecido de las calles».