No hay tregua ni en el dolor

La modernidad y la convivencia en España se quiebra una vez más por el aprovechamiento político del dolor causado por la muerte de 17 militares en Afganistán

Rato no fue sucesor por oponerse a la guerra

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Manuel Campo Vidal
León

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Hay episodios nacionales que retratan el país con dureza de perfiles y rompen la imagen de modernidad y convivencia tan trabajosamente acuñada ante nosotros mismos. Esta semana hemos tenido desgraciadamente uno a propósito de la muerte de diecisiete militares españoles en Afganistán y de las diversas representaciones que le han sucedido. Por encima de la conmoción general causada y del dolor compartido, ha sobrevolado la impresión de que el aprovechamiento político de cualquier asunto no se ha detenido ni siquiera en tan dramáticas circunstancias. Véase sino el aluvión de fotografías, de declaraciones y de críticas por las fotografías y por las declaraciones. Es sólo el comienzo y ha tenido como escenario la prensa y la televisión. Ahora le llegará el turno al Parlamento y de nuevo la batalla se establecerá, como asegura el profesor Manuel Castells, «en los medios de comunicación que es el lugar en el que se libra la batalla política en estos tiempos modernos». Recuerdos próximos Estaba demasiado próxima la tragedia del Yak-42 y la tensión entre José María Aznar, Federico Trillo y los familiares de las víctimas como para no establecer comparaciones. Era imposible hacerlo sobre el origen de la tragedia porque una cosa es un vuelo militar en un servicio de vigilancia o de entrenamiento y otra un accidente en un avión civil que llevaba militares, después de haber sido contratado y subcontratado pasando de mano en mano, con comisiones comerciales de por medio que presuntamente se detraían de varias partidas, entre ellas la de seguridad de la aeronave. Ahí no hay comparación posible pero sí en los comportamientos posteriores, en el rigor de la identificación de los cadáveres, en el trato dispensado a los familiares, etc. Y en esos capítulos, José Luis Rodríguez Zapatero y especialmente su ministro de Defensa, José Bono, han ido a por nota: el primero acudiendo a dar el pésame a tres bases militares distintas, casi casa por casa, y el segundo incluso rayando un exceso de protagonismo como se le atribuye por esa fotografía bajando del helicóptero en el césped del estadio Santiago Bernabeu para tomar el mando de la situación. Pero es cierto que los periodistas más próximos a la información de estos días hablan del grado de agradecimiento, dentro del dolor, de los familiares de las víctimas por el trato recibido. Más parece que no se podía hacer, aunque algunas fotografías menos quizás sí. Eficacia de la Guardia Civil Y esa exhibición de cercanía hacia los familiares en contraste con lo sucedido cuando el accidente del Yak-42, así como la eficacia del grupo de Identificación de Catástrofes de la Guardia Civil que en su día Trillo rechazó, parece haber herido a algunos. Tenga quien tenga razón sobre los detalles de lo sucedido hay alguna cosa clara, sin embargo: que esos soldados desarrollaban una misión de paz en el extranjero por unos compromisos internacionales que son del país y no de una formación política, antes del Partido Popular que gobernaba o ahora del PSOE. Es por tanto, en este caso como en el de los Balcanes, una misión de Estado por más que a los socios de Zapatero, nacionalistas e Izquierda Unida, no se lo parezca. Es ésta una misión que no es decisión unilateral de un gobernante como pareció la entrada de España en la guerra de Irak, según denunció en su día la oposición, masivamente la opinión pública e incluso algún miembro del Gobierno de Aznar, además del diputado popular Luis Acín, que dimitió honrosamente. El misterio de Rajoy Quizás algún día el ahora prolífico escritor José María Aznar nos desvele el misterio de cuando y por qué decidió que sería Mariano Rajoy su sucesor frente a la candidatura de Rodrigo Rato. El propio Rajoy, cuando le preguntó, al ser nombrado, por qué era él el elegido, no obtuvo de Aznar más que una lacónica respuesta: «Creo que es lo mejor para España». Pero, hasta que esa revelación pueda producirse sentando cátedra, se vincula lo sucedido con la posición que Rato mantuvo sobre la inconveniencia de sumarse a la foto de las Azores. Incluso hubo una manifestación pública de esa posición, lógicamente por persona interpuesta, dadas las circunstancias, pero perfectamente identificable: el artículo publicado a bombo y platillo por el diario Abc firmado por Fernández Norniella, político absolutamente próximo al entonces vicepresidente de Asuntos Económicos y hoy director del Fondo Monetario Internacional en el que disentía de la decisión de Aznar. Algún día quizás se aclarará la historia de por qué Aznar decidió sumarse a aquella convocatoria de Bush pero entre tanto tenemos lo que parece que esta semana ha podido percibir la ciudadanía: un país con unos políticos que, salvo excepciones, se resisten a cerrar filas incluso en circunstancias tan dramáticas y sobre asuntos tan poco partidistas como es la participación de las Fuerzas Armadas en misiones internacionales. Cierto que Mariano Rajoy ha enviado repetidamente y en este caso también signos de situarse en un estadio distinto al de algunos correligionarios suyos. Pero la tendencia al vuelo corto e insolidario y la decisión de sacar provecho de cualquier situación parece enquistada en la propia historia política española y, desde luego, no sólo en un partido. Es una política perfectamente identificable con pasajes del siglo XIX sobre una España todavía muy primitiva en la que la desconfianza hacia el Estado era generalizada y, en algún caso hasta justificable. Eran tiempos que describe la literatura de Benito Pérez Galdós y más tarde escritos de Joaquín Costa, por ejemplo, ya a principios del pasado siglo XX. Resulta a veces descorazonador releer párrafos de aquella época y contemplar la fácil traslación que tendría a episodios contemporáneos.

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