El eclipse anular frenó la actividad en León, redujo la temperatura tres grados y cambió el comportamiento de los animales
Y la Luna le puso el anillo al Sol

A falta de gafas especiales, una careta de soldador
El enlace de la Luna y el Sol interrumpió ayer la actividad de la provincia durante unos pocos minutos, sacó a la calle a miles de estudiantes, bajó la temperatura algo más de tres grados y sobrecogió a los animales, que guardaron un silencio tenso durante toda la mañana. Pero, quizá, lo más trascendente provocado por la alineación perfecta entre el astro rey y el satélite lunar fue que todos, de todas las edades, nos paramos a pensar en el mundo al que pertenecemos. Habían pasado tres siglos desde que se veía algo igual en la península ibérica, y fue entre La Bañeza y Ponferrada donde este fenómeno se pudo contemplar en su máximo esplendor. Además de la multitud que se acercó hasta el Observatorio Astronómico de León, donde el eclipse se observó parcialmente a través de los ocho telescopios instalados fuera del centro y en el salón de actos, las terrazas de los edificios, las aceras, los parques y plazas y los patios de los centros educativos se convirtieron en improvisados platós de un espectáculo visual que no tendrá igual hasta el 26 de enero del 2028. El ritmo de las ciudades y pueblos se frenó a partir de las diez y media de la mañana, unos 25 minutos antes de que la anularidad fuese completa. Y su mejor aliado fue el tiempo, puesto que el cielo de la provincia se mantuvo despejado hasta que la superposición de la Luna entre el Sol y la Tierra redujo la intensidad de la luz hasta dejar en penumbra cuatro minutos de la fría mañana. Aunque desde hace días las gafas especiales para observar el eclipse se habían agotado y su sustituto fueron los cristales de las caretas de soldador, el tiempo que transcurrió entre el inicio y el final de la máxima anularidad fue lo suficiemente amplio para que todo el que quiso pudiera contemplarlo con tranquilidad. Animales en tensión «Mi perro se pasó toda la mañana metido debajo de la cama, en silencio», comentaba en la calle una joven de la capital. Y es que los animales, especialmente sensibles a los fenómenos naturales, aguardaron en tensión a que se produjera el eclipse. Los biólogos detectaron un leve descenso de la actividad de los animales en la franja horaria del fenómeno, caso de los monos del zoo de Valladolid, que se refugiaron en sus cobijos, o de los elefantes, que cambiaron su rutina de bañarse a primera hora de la mañana para quedarse quietos y expectantes. Pocas ocasiones permiten al hombre tener una relación tan directa con el cosmos como los eclipses. Observarlo es algo al alcance de cualquiera y permite que el ser humano se dé cuenta de que «más allá de la luna pasan cosas», afirmó uno de los astrónomos que participó en la observación de San Lorenzo del Escorial. A Berhnard Foing, de la Agencia Espacial Europea, le deslumbraron los «diamantes de luz» del fenómeno.