León

Creado:

Actualizado:

En esta casa no hay discusión sobre el reparto de tareas en el hogar. Se pacta, se escribe en una cuadrícula y cada quince días sus miembros se rotan en los fogones, la limpieza doméstica, la colada y la plancha y la compra. Como en las mejores familias, también hay roces. El secreto para limarlos es hablar y ponerlos sobre la mesa. El más joven de la casa tiene 33 años y hasta que llegó a la casa -confiesa- «no sabía hacer ninguna labor». Vivía en el pueblo con sus padres y, como mucho hacía los encargos que le mandaban. Ahora ya tiene recogidas en su recetario individual una cantidad suficiente de secretos culinarios como para sobrevivir un mes sin repetir menú. «Tengo 27 recetas, todas aprendidas aquí», precisa. Además de cocinar ha aprendido ciertas mañas para planchar y no se le arruga el gesto cuando le toca hacer la limpieza o poner la lavadora, pero aún no se ve con suficientes habilidades para vivir totalmente por su cuenta. Lo mismo piensa uno de sus compañeros, de 41 años. Él es de los que se resistieron a salir de casa para afrontar el reto de aprender a desenvolverse con por sí mismo en la vida, aunque le controlan el dinero -dos euros cada día- como parte de la terapia que sigue para superar la ludopatía para lo que acude también a terapia una vez a la semana. Su hermana, que es también su cuidadora, asiste otro día a las sesiones para familiares. Las dependencias -alcohol, tabaco, drogas, juego...- están muy relacionadas con la enfermedad mental. «Vives», de 49 años, es uno de los últimos que ha llegado al piso, procede de la unidad de rehabilitación de Santa Isabel y estuvo esperando varios meses con el alta en la mano hasta que quedó una plaza libre en la casa. Una vez a la semana acude a la unidad para dar sus clases de arte. «Soy licenciado en Geografía e Historia», confiesa con la misma naturalidad que reconoce su antiguo «problema con la bebida». Y también bromea sobre todo lo que está aprendiendo, cocinar, planchar y hasta coser: «A los cincuenta años es una buena edad, hasta que llegué aquí no sabía ni hacer café». «Vives» no se pierde los principales acontecimientos de la ciudad, pero para otras personas la estancia en la casa ha sido su primera oportunidad para acudir a exposiciones o apuntarse a clases de inglés como una mujer de 47 años que hasta que llegó a la casa vivía a temporadas con sus hermanas. «Ahora hago más cosas que antes, voy a exposiciones, a clases de inglés dos veces a la semana...» Y trabaja, como el resto, en el centro ocupacional de Alfaem en San Cayetano. Ella es, según sus compañeros de piso, la que mejor cocina y la más callada. Hay otra mujer, recién llegada, que reconoce que aún no se ha adaptado del todo a su nueva vida. Ella estaba a gusto con su madre en Astorga, iba a pintar a Alfaem al colegio Leopoldo Panero. «Siempre he sido muy dinámica, también iba a clases de inglés cuando abrió Alfaem en León en la avenida de Roma», apostilla. El motivo de su estancia es que su madre tiene que operarse. Algo parecido sucede en el caso de la última persona que ha llegado a la casa. Es el mayor de todos. Con 55 años vivía con su madre de 82 y la familia pensó que lo mejor era empezar a buscar un alojamiento alternativo para preparar su futuro. Todos aportan mensualmente para los gastos de la casa la mitad de su pensión no contributiva y una cuota fija de 30 euros. Los lunes, de siete a nueve, preparan los menús de la semana y la lista de la compra con Vanesa y con Ruth, las profesionales que supervisan directamente la casa. Los martes se prepara el pastillero como parte de las tareas de toma de conciencia de su enfermedad y de autocuidado. Los miércoles se hace la compra semana y actividades individuales, como el recetario, el manejo del dinero o el entrenamiento en gestiones. Los jueves también se pasa revista a cada dormitorio. Mantener horarios y organización forma parte del proceso educador de esta casa. Los viernes, sábados y domingos son los días dedicados especialmente al ocio y a las tareas domésticas, «como en cualquier hogar, es cuando más tiempo hay», precisa la trabajadora social. «Los familiares se han llevado muchas sorpresas -aseguran en la asociación- porque no podían creer que fueran capaces de alcanzar esta pequeña autonomía». La casa ha sido un refuerzo positivo para su tratamiento farmacológico. Como sentencia «Vives», «somos enfermos, pero gente muy normal». Trabajan duro y su entrenamiento es válido para cualquiera. También ellos, como «Vives» con sus clases, pueden enseñar muchas cosas. PISOS APOYADOS EN LEÓN Y PONFERRADA Estancias media/larga duración + respiro en León Estancias de media/larga duración + respiro en Ponferrada

Cargando contenidos...