Diario de León

El ratero al que Washington convirtió en una leyenda

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David Beriain - redacción
León

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El terrorista más buscado en Irak adoraba a su madre sobre todas las cosas. «Es muy tierno y sentimental», dijo en una ocasión Um Sayel, la progenitora de Abu Musab al Zarqaui. Yasín Musharbas, uno de los periodistas que mejor conocía al líder de Al Qaida en Irak, comentó al Diario de León que el terrorista solía llenar las pocas cartas que le mandaba a su madre con dibujos, pequeñas flores y garabatos propios de un niño. Cuando Um Sayel murió en el 2004, Al Zarqaui perdió todo deseo de vivir, algo que quizás le preparó para la muerte que encontró ayer a sus 39 años. La pasión por su madre y el odio por todo aquel que no comulgara con sus creencias no fueron las únicas contra-dicciones de la vida de Al Zarqaui. La mayor de todas fue cómo un ratero de medio pelo, se pudo convertir, gracias al simplismo del Pentágono, en un mito terrorista. Fadel Nazal al Jalayleh, su verdadero nombre, nació en Zarqa, una ciudad industrial jordana pobre y atestada de refugiados palestinos. Fadel fue un joven rebelde e irascible. Dejó los estudios a los 16 y se convirtió en un pequeño pandillero. Con 17 se hizo un tatuaje con el dibujo de un ancla porque le gustaba el mar. Poco después fue encarcelado por un delito de abusos sexuales. Y entonces todo cambió. En prisión conoció a algunos radicales y en seguida, el joven e impresionable Fadel se convirtió en Abu Musab al Zarqaui. Renegó de su pasado pandillero, tapó la televisión de su celda para no ver a las mujeres y se quemó la piel para borrarse el tatuaje del ancla porque lo consideraba «impío». Cuando salió de prisión lo reclutaron para ir a luchar a Afganistán. Llegó demasiado tarde como para combatir a los soviéticos, pero allí conoció a Abu Mohamed al Maqdisi, el que sería su mentor espiritual. Juntos idearon la creación de una célula terrorista en Jordania que derrocara el régimen de rey Huseín. Eso les costó cinco años de cárcel. En el año 2000 fue liberado por una amnistía general y Al Zarqaui recaló de nuevo en Afganistán. Allí, en Kandahar, conoció a Osama Bin Laden. El saudí le ofreció formar parte de Al Qaida, pero el jordano rehusó. Su objetivo eran los regímenes árabes corruptos, sobre todo el jordano. No Estados Unidos. Por eso estableció su propio campamento terrorista en Herat, donde se encuentran ahora las tropas españolas. Cuando Estados Unidos atacó Afganistán tras los atentados del 11 de septiembre, recaló en el Kurdistán iraquí. Los espías kurdos llamaron a la CIA y le hablaron de aquel jordano. Los norteamericanos ni siquiera reconocieron el nombre. Tuvieron que llamar a Ammán para averiguar más. En unos días, Washington le acusó de un sinfín de crímenes. El argumento de Powell Poco después, ese jordano casi desconocido para la CIA se convertía en uno de los argumentos esgrimidos por Colin Powell ante la ONU para justificar la invasión. Lo llamó el hombre de Bin Laden en Irak. Aquella inexactitud hizo de un desconocido un mito. Y Al Zarqaui no desperdició la oportunidad. No luchó contra la invasión porque sabía que no tenía sentido. Esperó hasta agosto y entonces lanzó a sus seguidores a luchar. Su primer gran atentado fue contra la sede de la ONU. Y después la puesta en escena que lo catapultó a la fama: la decapitación frente a las cámaras de Nicholas Berg, un rehén norteamericano. Eso fue todo lo que necesitó EE.UU. para consagrarle como su enemigo número uno. Le atribuyó cada hecho de sangre que ocurrió en Irak desde entonces, ignorando que la mayor parte de la resistencia (en torno a un 95%, según datos del Gobierno de Bagdad) eran iraquíes nacionalistas, no islamistas. Y así, un extranjero, sin autoridad religiosa ni ascendente entre la insurgencia suní, se convirtió en una leyenda, Washington mediante. Sólo necesitaba el beneplácito de Bin Laden y éste lo nombró emir porque estaban conde-nados a entenderse. El resto es historia y es sangre. Ahora el Pentágono canta victoria con la foto de su cadáver, autoconvencido de la importancia del enemigo que ellos ayudaron a crear. Cuando uno repite muchas veces algo acaba creyéndoselo. «La muerte de Al Zarqaui no me devolverá a mi hijo, y si se trata de evitar el sufrimiento de otros, someter a Bush a un impeachment y traer las tropas a casa evitaría mucho más sufrimiento» MICHAEL BERG, padre de Nicholas Berg, decapitado por Al Zarqaui

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