Todavía 2.042 personas subsisten gracias a la ayuda de la Asociación Leonesa de la Caridad al cumplir la histórica efeméride CELSO AUGUSTO MARTÍNEZ Y ANTONIA FERNÁNDEZ QUINTANA | EX TRANSEÚNTES SOR CLARA GALLEGO MARCOS | DIRECTORA DEL CENTRO DE ACOGIDA DE
La casa de los pobres se hace centenaria

PABLO
«Es triste percibir cómo esta sociedad consumista, a veces, prefiere no mirar al mundo del marginado y contemplar el otro, más cómodo y hermoso», reflexiona Alejandro López Caride, presidente de la Asociación Leonesa de la Caridad. Esta organización fundada por voluntad del pueblo de León el 18 de noviembre de 1906 cumple la centenaria efeméride convertida en un centro social altruista que todavía hoy atiende las necesidades de 2.042 ciudadanos sin recursos, como los transeúntes a los que dan desayuno, comida y cena; solos y desvalidos, como los ancianos que atienden en sus domicilios, y destruidos, como las mujeres víctimas de malos tratos que amparan junto a sus hijos en un centro de acogida. Los transeúntes han sido el colectivo más vinculado a la asociación. Para ellos se preparan anualmente más de 17.000 desayunos, 26.100 comidas y 23.000 cenas. Se les lava la ropa y tienen un serivicio de duchas para higiene personal. La asociación les ayuda, además, a regular su situación social. Un departamento social abierto por las mañanas les motiva de cara a la rehabilitación de posibles adicciones y trabaja con ellos para estimular su inserción laboral. Un ejemplo Hay casos y casos, pero si existe una historia con final feliz esa es la de Celso Augusto Martínez (47 años) y Antonia Fernández Quintana (51). Celso vendía el periódico Transeúntes . Antonia, también. Ambos venían de relaciones sentimentales destruidas y padecían una situación económica paupérrima. Pero una excursión organizada por la Asociación Leonesa de la Caridad al zoo de Valladolid cambió su futuro. «Nos conocimos en la semana cultural de la asociación y recuerdo que él no dejaba de bailar de flor en flor. Pero el flechazo fue en la excursión. Nos sentaron juntos y estuvimos todo el día hablando. Desde aquel 29 de mayo de 1997 no nos hemos separado». Antonia y Celso vivieron un golpe de suerte a partir de su unión. «Un día le dije, vamos a la oficina del Inem a ver qué hay», relata ella. Recuerda que hacía frío y llovía. La primera oferta de trabajo fue para colocar vallas publicitarias. Después vino la construcción. Pero pagaban «tarde, mal y nunca». Y así hasta que salió el trabajo en el matadero de Oblanca, donde Celso trabaja desde hace seis años. Hoy viven desahogados y dan gracias. «Estamos muy felices: ahora tenemos dvd, televisiones y el arcón lleno de comida. Damos gracias a Dios y a las monjitas porque son como nuestras madres». Tan agradecidos están a la asociación que el día que les entregaron su primer coche fueron a buscar inmediatamente a sor Mercedes para pasearla por la ciudad. «Ya no podríamos vivir el uno sin el otro. Somos iguales y pensamos igual», afirma Antonia. El salto de los inmigrantes Al presidente de la asociación le resulta muy difícil realizar una valoración global del funcionamiento de esta entidad «porque el mundo de las personas sin hogar y sus problemáticas son muy diversas y variantes, debido sobre todo a su estado de marginación y a la carencia de medios económicos». Durante los 20 años que Alejandro López lleva al frente de Asleca ha percibido una situación «cambiante y preocupante». Hace años, los usuarios eran mayoritariamente españoles y con edades elevadas. Ahora, una tercera parte de las 2.042 personas atendidas -de éstas, 1094 son nuevos usuarios- son inmigrantes de diversas nacionalidades, con unos porcentajes en la edad verdaderamente preocupantes. El 66% de los sin techo extranjeros tienen entre 18 y 48 años. La actividad social que desarrolla la asociación no sería posible sin la colaboración altruista y eficaz de las once religiosas y los 80 voluntarios encargados del comedor, el salón social, el costurero, el lavadero, la ayuda a domicilio, la atención a los niños acogidos, etcétera. Voluntarios y voluntades «Ellos crean un clima de apertura a la ciudad, dinamizan los servicios y son el mejor exponente de la pluralidad que se vive en la asociación», manifiesta López Caride. Lola Redondo y Daniel Ingelmo son abuela y nieto. Tienen 70 años y 19 y ambos son voluntarios en el comedor. «Siempre quise dedicarme a los demás. Cuando tuve tiempo me ofrecí y me asignaron dos días a la semana. No es tanto el trabajo como el compromiso de venir el día y a la hora», admite Lola. Este espíritu humanitario lo ha trasladado a su hija, incluso a su nieto. Daniel estudia Filología Hispánica en la Universidad de León. Ha terminado la carrera de música -se trata de unos estudios muy absorbentes-, pero encontró hueco en su agenda para ofrecerse como voluntario. «Fue una casualidad. Unas Navidades necesitaban gente y, con el antecedente de mi abuela, decidí venir. Fue un trabajo que me encantó». No siempre la tarea resulta fácil. El trato con gente que vive en la calle les enseña la otra cara de la moneda. «Lo que más pena me da -explica Lola- es cómo ves su deterioro porque no encuentran trabajo. Cuando hay un empleo casi siempre encauzan su vida». Impactos y sufrimiento «Escuchas biografía a biografía y da muchísima pena, por eso a veces es mejor no saber mucho de la gente», reconoce Daniel, quien ya ha vivido situaciones duras que le han hecho reflexionar más allá de la Playstation o Internet: «Un día me encontré en el comedor con una chica que hizo la Comunión conmigo. Te impresiona ver a alguien con 18-19 años que vive en la calle. Lo chocante es que podría ser yo. Todos, por circunstancias, podemos terminar en un sitio como éste». «Cuando te involucras en todo esto -indica Lola- te das cuenta de lo que tienes». «Sí -reafirma su nieto-, relativizas las quejas cuando ves a alguien que está peor que tú, que lleva tres días sin comer caliente. Es cuando piensas: ¡Y yo me quejo de chorradas!». Cuando llega el verano, el número de voluntarios baja enormemente. Pero para eso también buscan soluciones: «Involucré a mis amigas y están encantadas. Cuando pruebas no lo dejas», dice Lola. Y es que los voluntarios son como una familia. «Sólo somos un eslabón más en la cadena», indica Daniel. Dice que a la gente le choca que alguien se dedique altruistamente a los demás, pero asegura que «hay tiempo para todo porque en realidad no es mucho tiempo al día. A mí me da tiempo a salir y a todo, pero también es importante dedicar un tiempo a los demás porque nosotros podemos necesitarlo algún día». Sin nadie que se ocupe de ellos Marcos Álvarez Alcoba, de 65 años, dedica su tiempo a los mayores que se encuentran en sus casas solos y desvalidos. «Es gente que no tiene movilidad, ni medios económicos ni nadie que se ocupe de ellos. Todos están solos», lamenta. No sólo les lleva la comida, que en realidad sería su única obligación. «Hablamos, si hay que llevarles al médico se les lleva, alguna vez acompaño a los usuarios a la comisaría para que renueven el DNI...». Un total de 14 personas se benefician de este servicio de la asociación, que les permite permanecer en su hogar a pesar de no valerse por sí mismos. Marcos se prejubiló y fue cuando decidió dedicarse al voluntariado. «Un día esperando al médico llegó el padre de un amigo con un compañero de la residencia de ancianos. Era más joven que él pero estaba en peor estado. Pensé en ello y decidí hacer algo por los mayores». Éste es un voluntario todoterreno, puesto que además del servicio a domicilio está abierto a otros trabajos, como la atención del salón de café, al que acude dos o tres veces por semana. Primero fue la abuela, luego la hija y después el nieto. Lola Redondo ha dejado un buen legado a los suyos: les ha enseñado a prescindir de tiempo propio para dedicárselo a los demás. Y por lo visto es gratificante, porque no hay abandono. Ahora, su nieto Daniel, universitario de 19 años de edad, se turna con ella para dar de comer a los transeúntes en las instalaciones que la asociación tiene en el entorno de la Catedral. En los pasillos del centro, una monja alaba la actuación del joven y destaca su disponibilidad y compromiso. Pese al voluntariado, Daniel dice tener tiempo para todo. «Es triste percibir cómo esta sociedad consumista prefiere no mirar al mundo del marginado y contemplar el otro, más cómodo y hermoso» ALEJANDRO LÓPEZ CARIDE, presidente de Asleca Celso y Antonia se conocieron hace nueve años vendiendo el desaparecido periódico Transeúntes . Su vida no ha sido fácil en ninguno de los casos, pero el destino les brindó una oportunidad que no han desaprovechado. Procedentes los dos de una vida familiar rota, han logrado crear una familia cuando pensaban que todo se había acabado. Ambos se muestran muy agradecidos a la ayuda que les ha prestado la asociación leonesa. Antonia se muestra orgullosa de su nueva situación: «Estamos felices: ahora tenemos dvd, televisiones y el arcón lleno de comida». Todo un premio. «Relativizas las quejas cuando ves que alguien está peor que tú, que lleva tres días sin comer caliente. Es cuando piensas: ¡Y yo me quejo de chorradas!»» DANIEL INGELMO, voluntario «Lo que más pena me da de la gente que vive en la calle es ver su deterioro porque no encuentran trabajo» LOLA REDONDO, voluntaria