Diario de León
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ALEJANDRO VARGAS
León

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ANTONIO, amigo, recuerdo aquellos días en que nuestra juventud nos hacía parecer inmortales. Hoy hablas mucho de la muerte, pero sólo son palabras. Sigues siendo inmortal. Ya ves, a pesar de que la quieres conjurar (la muerte) mencionándola demasiado, las musas, esas mujeres tontas, están empeñadas en darte vida eterna. ¡Siempre tuviste éxito con las mujeres! Esta vez han vuelto con sus manos llenas de coronas y laureles para coronarte rey de sus amores. Cervantes, que murió en la miseria pero que era un hombre generoso de espíritu, estará lleno de un sano orgullo en su tumba, diciendo: ¡Hombre, qué bien! Uno que aprovecha con justicia lo que yo hice y, además, obtiene un rendimiento que yo no tuve. Antonio y yo hemos utilizado distintos materiales para nuestra expresión artística, él, la palabra; yo, el color, pero con los mismos conceptos estéticos, con la misma pasión. En ella confluyen dos de nuestras convicciones irreductibles, no hay arte sin amor a la verdad, ni tampoco sin composición (palabra que no entra ya en el juego verbal al uso de los críticos). No siempre la verdad es belleza, pero el trabajo de un artista consiste precisamente en realizar el trasunto de unión de las dos. Este afán ha obtenido un raro y maravilloso premio en la persona de Antonio, que ha llevado hasta la genialidad todo aquello de que hablábamos en las tertulias cafeteras de un León indigente, y a desmano de todos los caminos (excepto el de Santiago). Espero, Antonio, que a pesar de tus muchas ocupaciones, puedas encontrar un pequeño hueco para regar el tiesto de la amistad, bebiendo un vaso de vino (con la tapa de callos correspondiente). En fin, en cualquier caso, también espero que sigamos arrastrando nuestra intransigente carcasa sin quejarnos demasiado. Si bien lo miras, ¿no es vergonzosa la angustia existencial de un artista, en medio de la miseria general? Tu amigo que te quiere, Alejandro Vargas.

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