Diario de León

TODA UNA VIDA EN LOS ANCARES

«Los vecinos me ayudaron, pero ya no puedo estar sola con mi marido»

Pura Quiñones, de 87 años, cuida a su marido, de 96, en el pueblecito de Chan de Villar apoyada por una asistenta a la que paga en parte con una subvención pública

Ana Gaitero
León

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Chan de Villar está en los confines de la provincia. En plena sierra de Ancares, tiene el consultorio, la farmacia y el cura en la cabecera del municipio, Balboa, a dos kilómetros. Si la necesidad es un hospital o una residencia de ancianos, hay que ir a Ponferrada que, desde que existe autovía, «está más cerca, dicen». Al pueblo vienen el frutero, el del congelado y, dos veces por semana, el panadero. También acude el médico cuando se le precisa. Pero los únicos vecinos que tienen coche son dos jubilados que retornaron de Barcelona, a donde emigraron de jóvenes. Pura Quiñones y Domingo González nunca dejaron el pueblo. Allí criaron a sus tres hijos hasta que ellos tuvieron que salir, primero para estudiar y luego para trabajar y hacer su vida. Andan por los 87 y 96 años y, como dice Pura, «para decir bien, no estamos». A ella, su fortaleza física se la han menguado la edad y sobre todo el reuma y a él, «un hombre sano y trabajador», se le complicó todo poco a poco, primero la vista y el oido, luego las piernas y la cabeza. «¿Qué me van a hacer?», pregunta cuando, al cabo de diez minutos, percibe la presencia de extraños en la cocina. «No te van a hacer nada. Vienen por lo de la ayuda», le tranquiliza Pura, mientras lo abraza y acaricia cuando le habla al oido. Pura tuvo que rendirse ante la fuerza de los hechos. Fue su hija quién se ocupó de todo. Primero contraron a una mujer y luego se enteraron de que la Diputación tenía un programa de ayudas a cuidadores de personas gravemente dependientes. Y encontraron a Juana, inmigrante dominicana, a través de Cáritas. Esta mujer, de 41 años y madre de tres hijos, dejó todo en su país para intentar ganar algo en España. «No era esto lo que me esperaba», reconoce. Pero no lleva la decepción a su trabajo. Prepara un puré frutas para Domingo y se lo da cuidadosamente. «El otro me preguntó que que llevaba eso, que le gustaba mucho», explica Pura, que está encantada con la ayuda de Juana. «Los vecinos me ayudaron mucho, pero ahora ya no puedo estar sola con mi marido», admite. Pide ayuda a Juana para llevarlo al cuarto de baño que han adaptado en la planta baja de la casa, pero allí dentro es ella quien se ocupa de atenderlo. Su marido se preocupa a veces porque cree que se van a quedar sin dinero, pero ella está tranquila: «Hasta el día de hoy nada le faltó, ni le faltan yogures, ni le faltan actimeles...». Pura y Domingo pertenecen a un mundo que se extingue. En Chan de Villar han sido felices. «Defendíamos bien la vida, pero trabajando mucho». «Vinimos (desde el pueblo de Domingo) cuando murió mi mamá, porque quedaba mi padre para cuidarle». Así lo mandaba el destino: «Antes no había la vida de ahora y había que cuidar a los viejos», explica Dolores, vecina, familia y amiga. Ella es la mayor de nueve hermanos, y todos marcharon menos ella. «Cuidé a mi padre y a mis suegros». Hoy todo ha cambiado.

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