Diario de León

El político frente al espejo

Las elecciones del 2007 le pillan al candidato del PP con más de la mitad de su vida vinculada a los asuntos políticos y el zurrón cargado de experiencias «En brazos de mi madre»

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A. Caballero - león
León

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Si se sube el paladar, se llena el diafragma de aire, se abre la boca como para dar un beso y se recita que más de la mitad de su vida es política, puede parecer que se anuncia un bolero. Una canción en compás ternario, majestuosa, en la que inscribir las dos mitades vitales de Mario Amilivia (León, 1957), quien el próximo mes de noviembre se asoma a la puerta de los 50 años con cerca de 28 otoños de dedicación a la cosa pública. Parece que fue ayer..., se podría decir con riesgo de redondear el tópico, cuando ajustó el flequillo para el primer Pleno y no le hizo falta afeitarse. Es lo lógico. Lo raro hubiera sido que terminara como carnicero o dentista. Así que el joven Mario decidió no afear los principios del determinismo y dejar que el destino viniera al encuentro de la persona. Dio la impresión de que rehusaba cuando al entrar en la facultad de Derecho de León, justo el año de la muerte de Franco, empeñó todo su esfuerzo en el excusatio non petita, acusatio manifiesta y bordeó el primer pinchazo del virus, que le aguardó en el tercer año de la carrera, de la mano de Fernando Suárez y con el nombre de Coalición Democrática. Probó y no hubo más remedio. Para bien o para mal: político. Desde entonces ha abarcado todo el espectro del arcoiris: fue monaguillo, pero con vinajeras y campanillas, en el año 1983, con 26 años, al entrar de primer teniente de alcalde de Morano en el Ayuntamiento y alcanzar el honor de ser el primer edil más joven de España durante dos meses de agosto; luego sacristán, desde 1986 hasta 1989, con asiento y trato de usted en el Congreso de los Diputados, al lado de Zapatero, pero enfrente; pasó por diácono en Nuevas Generaciones de España, donde hizo de vicepresidente; ofició de cura como regidor del partido en dos etapas, primero con AP y más tarde con PP; y alcanzó la consideración de obispo con la mayoría absoluta de 1995 en el consistorio de la capital. Todavía hoy, después del Concilio Vaticano de diciembre del 2004 rubricado con Rodríguez de Francisco, dice misa en San Marcelo. En la otra vida fue niño que corrió hasta los 6 años por La Robla, jugador de fútbol infantil de la Cultural ?club que presidió su abuelo, como recuerda el nombre del estadio de la ciudad?, estudiante de buenas calificaciones y mejores aptitudes y universitario que contradijo el hierro gremialista de la familia, cuando decidió hacer Derecho en vez de Minas, como le habían marcado su padre y el padre de su padre, ambos empresarios mineros. De puertas para adentro, cercano con sus cercanos, está casado y es padre de dos hijas, juega al frontón y al pádel, hace senderismo, monta en bicicleta, cuenta chistes de políticos como en un intento de hacer autocrítica, fuma puritos ni muy finos ni muy fuertes para echar por la boca lo que le bulle dentro, lee libros de historia en los que buscar caminos que otros anduvieron y recuerda. Allí, cultiva el tímido que se metamorfosea en gran orador adorado cuando halla un foro grande o entregado, en el que hace correr el verbo como el pastor la piedra para que el carea encauce el rebaño. Aparece de nuevo el político. Llega la otra mitad. Se asienta el hombre resignado al determinismo y pone en el reproductor del vídeo Amanece que no es poco, la película de Cuerda: «Alcalde, todos somos contingentes, pero tú eres necesario». Y se ríe, se ríe lo más fuerte que puede... y piensa que contra el destino no hay nada que hacer.

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