El comando de ETA que el pasado 24 de agosto atentó contra la casa cuartel de Durango no tuvo tanta fortuna la noche del domingo en La Rioja. Un fallo en el mecanismo de activación del coche-bomba cargado con 61 kilos de explosivos impidió que los terroristas volaran la Delegación del Ministerio de Defensa en Logroño. Los equipos de desactivación trabajaron durante toda la madrugada para neutralizar la bomba, que los etarras habían anclado al vehículo y regado con gasolina para borrar huellas. Según explicó el secretario de Estado para la Seguridad, Antonio Camacho, a las 23:10 horas de la noche del domingo un varón, que se identificó como miembro de ETA y habló en castellano, telefoneó a la delegación del diario Gara en San Sebastián para comunicar que veinte minutos después un coche-bomba iba a estallar junto a la sede de Defensa en la capital riojana, en la calle Antonio Sagastuy. Efectivos del Cuerpo Nacional de Policía, ayudados por policías municipales, cercaron de inmediato la zona bajo amenaza, justo en el centro de Logroño. Minutos después, los perros detectaron olor a explosivo procedente del interior de un Ford Fiesta de color verde, con placas de matrícula 7054-CDP, aparcado justo enfrente a la puerta principal del edificio ministerial. A las 23:34 horas los agentes pudieron oír una
procedente del vehículo, una explosión que apenas sí provocó alguna grieta en los cristales del Fiesta. Pasada la medianoche, los agentes presentes en la zona comenzaron a trabajar para determinar a qué amenaza se enfrentaban. A mano, hicieron saltar las cerraduras y accedieron al maletero desmontando los asientos traseros.
No era un «grozni» Allí pudieron comprobar que el artefacto no era una trampa ni un «grozni», una bomba estanca prácticamente indesactivable que ETA utilizó en la T-4 o en Castellón. Estaba compuesto por dos ollas industriales rellenas de bolsas de plástico azules con 61 kilos de amonal y una garrafa de cinco litros con combustible (gasolina) para garantizar que el vehículo se calcinaba tras la explosión y así borrar las huellas. Desde los asientos posteriores, los 'tedax' confirmaron su sospecha: lo único que había estallado era el detonador del artefacto, que, por un fallo de los terroristas, no había iniciado el cordón detonante que debía hacer explosionar el amonal. El mismo error que, al parecer, pudo obligar a los terroristas de Durango a regresar al coche-bomba para activarlo de nuevo. Desde un principio los artificieros fueron conscientes de que la neutralización del artefacto iba a ser muy complicada porque las ollas estaban ancladas al chasis del turismo y había poco margen de maniobra para los robots, ya que -al igual que en el atetnato contra la casa cuartel de Durango- los etarras habían aparcado el vehículo con la parte trasera mirando hacia el edificio, para dirigir contra el inmueble la onda expansiva. Aún así, los técnicos llegados desde Bilbao y Navarra lograron hacer sitio a los ingenios mecánicos. Los robot explosionaron el bombín del portón trasero y accedieron a las dos ollas y al mecanismo de iniciación, que quedó definitivamente neutralizado a las 6:30 horas de la madrugadas. Cuarenta y cinco minutos después, las fuerzas de Seguridad levantaron el cordón de seguridad. El sargento José Lorenzo, especialista en desactivación de explosivos de la Guardia Civil, reconoció que su trabajo conlleva una «cierta tensión» y que cuando tienen que desactivar un artefacto explosivo, «más que miedo», sienten «respeto por temor» a que las cosas «salgan mal». Lorenzo, actualmente destinado en el centro de adiestramiento en desactivación de explosivos, hizo esta reflexión, después de que los Tédax de la Policía Nacional desactivaran un artefacto con el que ETA pretendía perpetrar un atentado en Logroño. «Cuando se recibe una alerta de un posible coche-bomba, preparamos todos los medios que tenemos, estudiamos la situación y después actuamos», relató este experto. En ese momento, prosiguió el sargento Lorenzo, en lo único que se piensa es en resolver esa incidencia «de la mejor manera posible». Confesó que cuando uno se enfrenta a una bomba siente respeto por temor a que salga mal, ya no sólo por el peligro que conlleva para la persona que actúa, sino por lo que se puede desencadenar. Tras señalar que el calendario de preparación y formación de los especialistas en explosivos «es continuo», confesó que este trabajo «tiene que atraer mucho» a los que lo desempeñan, ya que tienen que hacer de él un modo de vida.