Diario de León

Dos poblados creados hace 16 años como solución temporal aún salpican hoy dos áreas de León en pleno desarrollo urbano ANTONIA BARRUL | REALOJADA DE LAS GRAVERAS

El chabolismo se perpetúa en la ciudad

El 31 de octubre expira el convenio municipal con Fomento para el realojo de varias

Momento matutino en el poblado de Las Graveras

Momento matutino en el poblado de Las Graveras

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Marco Romero - leónm.r. | león
León

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«No sé leer, no sé escribir, ¿cómo voy a buscar una casa si tengo de ayuda ocho billetes y un piso me cuesta por lo menos cuatro billetes?», se pregunta con aire de queja una mujer gitana, ocupante de una de las viviendas prefabricadas del poblado de los Altos del Duero. Este cerro, ubicado frente al Hospital de León, alberga a varias familias realojadas durante la construcción de la Ronda Este, hace ya 15 años. Fueron, junto al poblado de las Graveras, en el área del Hípico, alojamientos ofrecidos por el Ayuntamiento de León para solucionar en precario y temporalmente situaciones de desamparo. Actualmente, los dos asentamientos están más arraigados que nunca a lugares en su momento marginales, pero que ahora salpican áreas urbanas en pleno desarrollo, como son la ribera del Bernesga en La Lastra y el entorno del complejo asistencial leonés. Esfuerzo inútil El día 31 de este mes finaliza el convenio sellado hace tres años entre el Ayuntamiento y la Consejería de Fomento para facilitar el realojo de estas familias -es el segundo que expira sin resultados- y ni las autoridades gitanas, ni los múltiples ofrecimientos realizados por los servicios sociales de León han logrado resolver un problema que, por un lado, mantiene a muchas familias viviendo en situaciones infrahumanas y, por otro, perpetúa la marginalidad en dos guetos que ya deberían haber pasado a la historia. «Estamos haciendo un esfuerzo tremendo. Los técnicos y mediadores trabajan desde hace mucho tiempo con las familias y, sinceramente, ha sido imposible llegar a ningún acuerdo», confiesa la concejala de Bienestar Social, Teresa Gutiérrez. «Se han hecho múltiples ofrecimientos. No hemos sido correspondidos y son pocos los que se logran realojar», matiza. Mesa de seguimiento gitano Se ha intentado infructuosamente que la mesa de seguimiento gitano, en la que participa el patriarca y responsables de la Asociación Hogar de la Esperanza, aporte una solución. Tampoco se ha hecho uso del dinero previsto desde hace seis años para estos realojos, mientras que los propios interesados se resisten a dejar las viejas viviendas utilizadas por los últimos vecinos expropiados de Riaño. Entre otras opciones, estas familias tuvieron la oportunidad de comprar una vivienda. El Ayuntamiento les subvencionaba los primeros gastos y ellos debeían afrontar el resto de la hipoteca. No hubo forma. Después se les ofreció la alternativa de alquilar una vivienda con opción de compra, de manera que después de un tiempo como inquilinos todo el dinero invertido en el alquiler se restaría del coste total de la propiedad. Tampoco convenció. Se van, pero les relevan Lo cierto es que se han ido consiguiendo realojos poco a poco, pero su incidencia en la eliminación de las chabolas ha sido mínima. Se da la circunstancia de que las familias, después de un largo proceso, abandonan las viviendas, aunque el Ayuntamiento no logra demolerlas porque en el momento de realizar el derribo ya han vuelto a ser ocupadas por familiares o allegados de los antiguos inquilinos. Como referencia, en el poblado de las Graveras ya sólo quedan cuatro de las diez familias que originalmente ocuparon las primeras viviendas, conocidas como caracolas . Según los datos facilitados por la Concejalía de Bienestar Social, durante este año, 44 familias leonesas han sido realojadas de viviendas precarias o han recibido una ayuda de emergencia para afrontar pagos relacionados con el hogar. Los técnicos municipales realizan un seguimiento permanente de 25 casos. «Cuando me muera, que me lleven para otra casa, pero este invierno todavía pisaré aquí la nieve», aventura una anciana que reside con su hermana de 60 años en una de las chabolas del Hospital. Este poblado está literalmente amenazado por el desarrollo. Nuevos edificios y viales bordean las viejas casas de madera prefabricada enclavadas en un paraje salpicado de chatarra. «Nos da miedo que ahora digan que no nos pertenece nada. Y eso que ya no las llamamos casas, las llamamos chabolas», dice Adolfo Hernández Jiménez mientras se agacha y mueve las planchas oxidadas que están a punto de desprenderse de los bajos de su vivienda. Unos metros cuesta arriba se encuentra la vivienda de María Carmen Coray. Repite que su familia no es la que peor vive en el poblado, pero lamenta que su casa «esté tan deteriorada». «Después de estar peleando mucho, quisieron taparnos los ojos dándonos material para lijar y pintar la madera, pero las casas tienen más de 15 años y todo está afectado, incluidas las cañerías y los tejados». Muy cerca de esta vivienda se encuentra el hogar de otra familia. A la casa le falta el tejado. Un incendio lo calcinó en cuestión de minutos. Como solución, han colocado un plástico negro, lo que convierte el interior de la casa en una sauna durante el verano y en un lugar totalmente inhabitable en el invierno. La situación no es muy distinta en Las Graveras. Aquí ya no sólo se ubican las casas prefabricadas, sino que poco a poco se han ido construyendo otros espacios anejos que han ampliado este asentamiento promovido por primera vez en 1988 con Diego Polo como alcalde. El protocolo firmado ese año pretendía realojar en viviendas dignas a las familias que vivían en chabolas de latas y cartón junto al río, aunque no se retomó hasta 1990, siendo regidor Juan Morano. «Caracolas» de Riaño Un año después, el Ayuntamiento solicitaba a la Junta de Castilla y León diez caracolas instaladas en el nuevo Riaño para estas familias. El 10 de septiembre, la comisión municipal de gobierno conoció una comunicación de la entonces delegada territorial, Isabel Carrasco, en la que se cedía a León las primeras casas «en precario y con carácter provisional». En el año 93, los usuarios de las viviendas firmaron acuerdos con los usuarios, en los que cada parte asumió unos compromisos. El Ayuntamiento urbanizó y llevó todo tipo de servicios al asentamiento (agua, saneamiento y luz), mientras que los ocupantes se responsabilizaban del cuidado de unas viviendas que no podían comprar ni ceder a otros familiares, puesto que cada alojamiento fue concedido a una sola unidad familiar. Como requisito básico se exigía también a los padres de familia la escolarización de sus hijos, una circunstancia que ha sido reiteradamente vigilada por los técnicos de los servicios sociales municipales. En este poblado fueron realojados también las familias procedentes de las viviendas demolidas en la calle de Las Fuentes para construir El Corte Inglés. Paralelamente se desarrolló el sector de los Altos del Duero para dar solución a las personas desahuciadas en la zona del Hospital por la construcción de la Ronda Este. Más de 15 años después, el problema se ha enquistado. Varios alcaldes y, sobre todo, muchos concejales, entre ellos los de Urbanismo, han intentado reconducir el futuro de estos dos asentamientos, cuya desaparición supondría el fin del chabolismo en la capital. Doce años viviendo en una chabola y tres en un piso de ladrillo. La diferencia es abismal. Antonia Barrul lo ha vivido. Su familia fue una de las primeras beneficiarias de una caracola en Las Graveras. «Mira que lo pasamos mal en aquella casucha», confiesa esta mujer de etnia gitana con tres hijos a cargo. El invierno en una vieja casa de madera es eterno; el verano, insufrible. Sin contar el ciclo de marginalidad que se genera, sobre todo entre los más jóvenes, en un ambiente tan residual como el que gravita en estos poblados. Ahora dice estar «enormemente agradecida a este gente». Se refiere a los técnicos del Ayuntamiento de León que le buscaron un piso digno donde realojarse a cambio de que abandonara la casa prefabricada del asentamiento. «No nos esperábamos esto» Ahora que lo ha hecho, asegura: «No nos esperábamos esto, la verdad». «Ésto» es el piso que ahora ocupa con sus hijos y su compañero en el barrio de La Sal. Aunque está estropeada, tiene calefacción. Las ventanas resisten el frío y el suelo de madera no está húmedo. Además, y aunque parezca un asunto baladí, se encuentra a cuatro pasos del instituto donde estudian los dos mellizos y el chaval mayor. «Cumplen todos. Les gusta mucho ir a clase, no se quieren quitar», afirma orgullosa mientras le escucha con respeto su única hija, de doce años. Ya no hay ratas La familia se dedica a la venta ambulante y en casa no sobran los medios, pero la nueva realidad al menos les permite vivir sin que les preocupen las ratas o el tiempo que hará el día siguiente. El piso en el que viven ahora es grande. Tiene varias habitaciones, un salón enorme, la cocina y un baño. La vivienda está inmaculada de limpia y varios niños corretean entre sus muros llamando la atención de los periodistas. «Son de mi cuñada, que vive enfrente», se justifica. La situación social de Antonia Barrul se ha normalizado, a pesar de que, por asuntos personales, ha tenido que abandonar temporalmente los cursillos a los que suele acudir habitualmente. «Da igual de lo que sean, de alfabetización, de salud, de Europa... en fin, voy para conocer un poco de todo», señala.

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