Las bajas laborales por el «síndrome del profesor quemado» superan ya a la gripe
Según la presidenta regional de Anpe, Pilar Gredilla, los sindicatos no disponen de estadísticas sobre bajas laborales por acoso o violencia escolar, porque las direcciones provinciales y las consejerías autonómicas de Educación las guardan como oro en paño y no se las facilitan ni a los sindicatos. Gredilla calcula que en Valladolid pueden oscilar alrededor del 23% del total, porcentaje que se supone similar en el resto de Castilla y León. Se trata, en todo caso, de cifras de absentismo espectaculares que nada tienen que envidiar en lo negativo a las que provocan las enfermedades comúnes más clásicas, incluida la gripe. «El agravante y la diferencia es que la gripe se cura en dos semanas y de lo que estamos hablando ahora es de procesos de larga duración, pero insisto en que sobre eso no nos dan datos. Todo lo que podemos saber es a través de comentarios de nuestros afiliados y poco más. Tenemos una implantación de entre el 25% y el 30% en la enseñanza pública, pero no sabemos que información manejan los demás ni la que centraliza la Junta». Quemados Para Pilar Gredilla la pérdida de jornadas de trabajo en la enseñanza pública por problemas psicológicos del profesorado derivados de la violencia escolar no ha recibido todavía la atención que merece. En el vocabulario de los medios de comunicación se ha puesto de moda el «síndrome del profesor quemado», un término que, sin ser descrito exactamente en términos médicos, casi todo el mundo asocia a una baraja de patologías mentales que van desde el estrés a la depresión, pasando por la ansiedad o las fobias. Todas requieren un tratamiento largo y costoso. Por profesiones, el de la docencia figura entre las tres primeras más afectadas, junto con los trabajadores de centros sanitarios y, anecdóticamente, la Guardia Civil. En común tienen un trabajo de relación directa con la gente, a menudo problemático o conflictivo, que es lo que genera la enfermedad. De acuerdo con las mismas fuentes el problema no tiene una solución fácil, a menos que cambie de forma muy drástica la normativa docente, lo que no es previsible después del resultado de las últimas elecciones ni de las directrices que se están enviando a modo de reglamentos complementarios desde las comunidades autónomas, cada una con su propia base ideológica, independientemente de nacionalismos. El resultado final es un suspenso global en una asignatura: la convivencia en las aulas.