«El turista exige, el peregrino agradece»
Adolescentes ultracatólicos, «hippies» sin prisa, octogenarias con la espalda doblada, jóvenes en busca de pareja o monjes endiosados salpican estos días el Camino

«El mejor cartel publicitario del Camino de Santiago es la imagen del peregrino andando con su mochila. El día que se pierda esto se pierde el mejor eslogan». Juan Carlos Pérez, hospedero y presidente de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago en Astorga tiene claro que el futuro de la Ruta Jacobea está en mantener su idiosincrasia. Y es que ahora hay mucho «turigrino», concepto inventado por Susana, voluntaria provisional en uno de los albergues de Hospital de Órbigo. Turigrino es el que hace el Camino de Santiago ayudado por una tarjeta de crédito o por un autobús o por una caravana. «Se nota el que viene de vacaciones y el que viene realmente a hacer el Camino», comenta esta joven artesana. Acaba de pasar las fiestas de León con un puesto en la feria y le ha ido fatal. Ahora ayuda en este albergue por unos días, pero es un espíritu libre y quién sabe dónde acabará cuando finalice el verano. Del Camino ha aprendido que «el turista exige y el peregrino agradece», un lema al que se recurre en muchas pintadas y carteles de la ruta. Susana pone en la pista sobre la sorprendente avalancha de peregrinos surcoreanos. No ha pasado ni media hora y en Astorga aparece el primero.l Se llama Min y confirma el éxito que ha tenido en su país el libro sobre el Camino de Santiago, origen de tal revuelo. Asegura que hay dos o tres libros más, pero ninguno había conseguido tanta trascedencia. No en vano, este verano se ha visto en Astorga a uno de los cantantes más populares de Corea del Sur siguiendo el Camino. «Continúo para tranquilizar mi espíritu», concluye Min. En el crucero de Santo Toribio, a la entrada de Astorga desde San Justo, se encuentran Andrés y Paco. Vienen de Barcelona. Están haciendo el Camino por fases. Hacen una etapa y vuelven al trabajo. Meses después, cuando vuelven a coincidir, realizan un nuevo tramo. Y así llevan haciéndolo cinco ocasiones en periodos de cinco o seis días. Para uno el Camino es «una terapia» y para el otro, «una forma de mantener la mente vacía». Se hacen unas fotos y después se dirigirán a Astorga, donde tienen reservada plaza en uno de los mejores hoteles. Antes se darán un buen festín, comiendo cocido maragato en un restaurante muy recomendable. Susana les llamaría «turigrinos». El aparcamiento de autobuses de Rabanal del Camino está tomado por un grupo de jóvenes marianistas de un colegio valenciano. «No somos una secta», advierte inocentemente uno de ellos. Acaban de iniciar hoy el Camino desde Astorga, razón por la que muchas de las adolescentes todavía llevan pintadas las uñas de los pies. «¿Qué valores estamos aprendiendo, chicos?», les pregunta su joven monitora. Y ellos van respondiendo espontáneamente. «Encontrarnos a nosotros mismos», dice un joven. «Compañerismo», añade otro. «Austeridad», comenta una tercera con cierta pena. Y es que tienen prohibido durante su periplo comprar helados o beber Coca Cola. «Es una manera de superarnos a nosotros mismos». «¡Compartir es vivir!», exclama una chica del grupo. «¡O morir de hambre!», le responden al unísono varios chavales. Pocos solitarios En uno de los albergues de esta localidad, conocido como El Pilar, el bullicio es algo inusual a esta hora. Es mediodía y el patio de la hospedería está repleto de peregrinos. Unos esperan para comer, otros tienden la ropa que acaban de lavar a mano y otros descansan en las habitaciones. «Mayo estuvo bien, junio algo bajo y en julio están viniendo bastantes caminantes, pero sueltos pocos», explica José Ricardo Rodríguez Morán, uno de los resonsables de este albergue. Dice Susana Álvarez, una de las voluntarias del Camino, que por las mañanas y por las tardes los caminantes «están desubicados». «Pero al atardecer todo cambia. Empiezan a hacerse los grupos y la gente comienza a hablar, que es lo que te aporta hacer esta ruta». «Hay cosas que enternecen», afirma la joven sentada en un pequeño banco situado frente al altar que preside el patio del albergue. Resulta peculiar, como todo en el Camino, porque la obra está realizada por un escultor catalán que ha decidido instalarse en Hospital de Órbigo después de realizar el Camino de Santiago. La joven voluntaria, que se pasa los inviernos en África realizando marroquinería para venderla en verano en España, habla de ternura cuando recuerda a dos ancianas de más de 80 años que están haciendo el Camino de Santiago en etapas muy cortas y por su propio pie. «Es increíble verlas. Llegan con la mochila y aparentemente las ves bien, pero cuando se la quitan andan así». [Susana inclina su espalda unos 90 grados para explicar que las ancianas andan totalmente agachadas y, pese a ello, continúan su ruta diaria con toda normalidad]. Enamoramientos varios Enamoramientos hay muchos en el Camino. Sólo hay que recordar el reciente caso de Biagio Carroccia. Este malagueño se enamoró en León de una joven con la que intercambió una fugaz mirada frente a la Catedral. A partir de entonces inició una delirante campaña mediática para conocerla que culminó con un final feliz, al menos en aquel momento. Susana Álvarez también habla de enamoramientos. «Yo conocí el año pasado a un chico alemán. Dijimos, si sale cara yo me voy a Barcelona y si sale cruz nos vamos juntos una temporada de viaje». Salió cruz. En Rabanal del Camino, donde los monjes ya no dejan hacer fotos dentro de la iglesia del pueblo porque, según dicen, han sido amenazados por los tribunales alemanes (?), otro albergue, el que depende de la confraternidad británica de Saint James, deja claro en la puerta quién tiene prioridad para pernoctar en el centro: «Sólo se aceptan peregrinos que llevan sumochila sin ayuda». «Es normal -comenta David García-. Cuando atardece es más fácil para un peregrino que viene en bici llegar al siguiente pueblo, pero no para uno que viene andando». David García es hijo de españoles pero vive en Londres desde muy pequeño. Ahora pasa todos los veranos 15 días como voluntario en este albergue que cuida junto a su esposa. Desde la Isla de Man En Ponferrada, la concentración de peregrinos es aún mayor. La cocina del albergue está llena de jóvenes preparando ensaladas, mientras los que esperan la comida toman el sol en el patio. Por aquí ha pasado gente de Nueva Zelanda, de Isla de Man...