Diario de León
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Análisis | L. urdiales

Otro ejemplo de que el calor no es causa directa del fuego; a las doce y cuarto de la noche, cuando el termómetro que salta la banca a mediodía se pone a rebufo de la helada (hubo valores de hasta 5 y 6 grados), el monte de Rabanal de Luna comenzó a arder. En una noche, a la media luz del menguante y la lumbre, sólo las brigadas de a pie pueden hacer algo. Lo hicieron. En cinco horas tenían controlada la atrocidad del tipo que atizó el mechero; el problema es que la cobertura de la oscuridad le sirvió a otra media docena de pirómanos para satisfacer sus deseos de ver las llamas saltar por encima de las copas de los árboles. Así se fraguó parte de la jornada con más incidentes que han afrontado en dos décadas los servicios contra incendios en León. Tres mil hectáreas de carbonillo en poco más de dos días no son culpa del calor. Ni de la falta de resuello de las brigadas terrestres que no dan abasto ante tanto reclamo y tanto loco que anda suelto y camuflado por la normalidad. Ellos describen como nadie cómo prepara el pirómano la hazaña: «Sale de casa y busca el viento y el lugar. El resto ya se sabe». El resto son las condiciones meteorológicas que hacen imposible detener la lumbre que prendió del mechero que accionó el hombre: más de treinta grados de temperatura, menos del treinta por ciento de humedad en el ambiente y viento a más de treinta kilómetros por hora. Así el fuego es indomable. Los partes de la Junta señalan veinte puntos de fuego en las últimas horas en León; asistieron helicópteros, hidroaviones, bulldozer, cuadrillas aerotransportadas y terrestres ... Ninguno, salvo la rozadora del tren y el raíl, encontró otra causa que las del desalmado que tenía un mechero en el bolso y sintió la necesidad de ver a los árboles iluminar el cielo.

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