Los «hijos» africanos de Canarias en el Bierzo buscan empleo para ser residentes
Diez de los 18 jóvenes acogidos en el 2008 llegan a la mayoría de edad y dejan la plaza a otros menores
Mor sobrevivió catorce días en un cayuco junto a otras 150 personas. «No tuve miedo», asegura este joven que acaba de cumplir los 18 años y salió de su casa, en Saint Louis (Senegal), con tan sólo 16. Se marchó sin contar sus planes en casa: «Vine con algunos amigos, si se lo digo a mi padre no me deja», asegura. Europa rondaba en su cabeza mientras salía a pescar con su padre o jugaba al fútbol con los amigos. Los 800 euros del «billete» no le quitaron la intención. Ahorró hasta que llegó su día.
Mor es el tercero de cinco hermanos. «Vine a trabajar para ayudar a mi familia», asegura. En Tenerife fueron recogidos por la policía y trasladados al centro de menores La Esperanza, donde vivió cinco meses. En enero de 2008 le subieron a un avión rumbo a Santiago de Compostela y llegó a Ponferrada en autobús. A los pocos días vio nevar por primera vez en su vida.
Es uno de los 18 chicos de los 83 que acoge la comunidad de Castilla y León entre el año 2006 y el 2008 para aliviar a Canarias de la masificación que sufre en sus centros de menores por la llegada masiva de cayucos con niños inmigrantes: menores extranjeros sin acompañante. La comunidad canaria tiene bajo su tutela a unos 1.600 menores extranjeros, casi todos varones.
La asociación Hechos escogió Ponferrada para abrir uno de sus centros Menas en la comunidad. El otro está en Burgos. «Teníamos un equipo bueno en Galicia y Ponferrada es una ciudad acostumbrada a la inmigración. Nos pareció un buen sitio», señala Simón Menéndez, responsable de la oenegé.
Algunos de aquellos primeros adolescentes que llegaron a Ponferrada en pleno invierno acaban de cumplir la mayoría de edad, como Mor. Cinco trabajan y viven por su cuenta, «ya pagan sus impuestos», como señala Enrique del Árbol, director del centro de Ponferrada. Otros cinco viven en un piso de transición que ha abierto Hechos en Ponferrada y cuya finalidad es dar apoyo a los jóvenes cuando cumplen los 18 años y el Cabildo canario deja de tener su tutela.
El trabajo, el objetivo de su plan migratorio, es imprescindible para que mantengan su condición de residentes al cumplir la mayoría de edad. «Con la crisis, no es nada fácil. Nos ha cerrado el mercado laboral. Teníamos seis ofertas que de la noche a la mañana se esfumaron...», lamenta el director del centro.
Mor está sacando el carné de moto con los ahorros de la paga que recibió durante su período de formación en la Fundación Santa Bárbara, en Villablino, para hacer trabajos de albañil y cantería. «Pero la construcción está difícil...», reconoce. Piensa que con la moto tendrá alguna posibilidad como repartidor.
Ganar la autonomía. Desde hace un mes vive en el piso de transición a la vida adulta. La asociación está detrás, pero son los chicos los que se ocupan de hacer la comida, limpiar la casa... Ahora ya no hay paga semanal, tiene que tirar de los ahorros y emplearse a fondo en buscar trabajo.
Las plazas que dejan vacantes se van cubriendo con otros chavales menores enviados desde Canarias. Salu Tore, un muchaho de Mali de quince años, llegó hace una semana. Ha estado seis meses en un centro canario y apenas esboza una sonrisa. «Cuando llegan aquí sufren un doble desarraigo, el de África y luego el de su llegada a la Península», explica Victorino Escamilla, uno de los educadores sociales.
África está en Ponferrada. Hay dieciocho muchachos el centro de menores de Hechos en Ponferrada. Una pequeña África (Senegal, Gambia, Mauritania, Ghana, Mali, Guinea Konakri, Guinea Bisau...) que comparten cocina y salón pero están separados en tres unidades en función de su autonomía. En esta casa se hablan casi tantos idiomas como chicos: inglés, mandinga, pular, wolof, banbara, olof, sonique y... español. Y se escucha la música de Akon, un senegalés que vive en Estados Unidos desde los siete años y triunfa con canciones como I wanna love you .
El equipo de seis educadores, el director y el voluntariado, sobre todo mujeres, hacen de padres y madres en nombre del Gobierno canario, que como tutor legal tiene la obligación de darles alimento y formación como a cualquier otro menor en situación de desamparo.
Los menores extranjeros sin acompañante que logran sobrevivir al mar también viven una aventura jurídica de la que apenas son conscientes. Al llegar a territorio español en Canarias, una vez que se comprueba que no llegan con familia, se inicia un expediente de protección. Un juez tiene que decretar su desamparo y desde ese momento tiene derecho a residencia en España.
Eso sí, al cumplir los 18 años necesita una oferta de trabajo para mantener su tarjeta en vigor. De lo contrario, se convierte en un inmigrante «irregular» o sin papeles. «De «superniños» que atraviesan el mar en condiciones penosas, se tienen que convertir en «superhombres». «Sin trabajo se pierde todo el esfuerzo económico y el trabajo que han hecho en este tiempo», subraya el director del centro Hechos.
«Hay algunos chicos que no saben leer ni escribir y en dos años se tienen que preparar para el mundo laboral y aprender el idioma, que en algunas profesiones es muy específico», explica. Pero son jóvenes con una gran ventaja: «Tienen unos parámetros diferentes a nuestros adolescentes, respetan mucho a los mayores y a su idea de trabajo está unida a un jefe. Se esfuerzan mucho porque quieren trabajar cuanto antes», agrega del Árbol.
Presión familiar. La presión que sufren algunos para enviar dinero a casa ha obligado a intervenir en alguna ocasión al equipo educativo. «Tenemos que explicar a la familia que aquí no es legal trabajar antes de los 16 años y que el dinero que reciben de paga en los cursos de formación es para ellos, para su futuro».
Su cultura, mayoritarimente musulmana, les hace más difícil comprender el rol de las mujeres como líderes: educadoras, policías municipales, profesoras... les descubren en el nuevo mundo a unas mujeres desconocidas en sus países.
Ellos también se rebelan contra su cultura. Uno de los muchachos acogidos viajó a Canarias en sustitución de su hermano: «Si se arriesgaba el hermano y moría, él tenía que casarse con su mujer y no querí», así que decidió emprender el viaje con destino a un sueño llamado Europa y del que, por ahora, sólo España y Canarias se hacen responsables.
Los chicos aprenden rápido. Absorben la cultura española de los jóvenes de su edad. «Se nota mucha diferencia entre los que están escolarizados en secundaria y los que van directamente a la formación profesional, incluso en el lenguaje», explican los educadores.
Y, claro, de vez en cuando los educadores tienen que luchar contra la tendencia consumista. No son ajenos al mundo que les rodea y en sus países los canales internacionales de televisión penetran con más facilidad que el desarrollo que debería evitar la emigración. «Quieren tener lo mismo que los demás...» Y casi todos quieren ser futbolistas y tener un equipo, como Mamadou que juega en el Flores del Sil.
Estos jóvenes se saben diferentes. Como el té intenso y fuerte -” attaya -” que espuman, vaso tras vaso, con el pitorro de papel de periódico improvisado en la tetera saboreando el discurrir lento y tranquilo del «tiempo africano».