Diario de León

Reportaje | marco romero

«Ninguna nace puta»

Una veintena de mujeres y travestis desterradas de Papalaguinda trasladan su «oficina» sexual al otro lado del río y abordan la crisis con una clientela que pide más por menos

Jenny, travesti costarricense de edad inconfesable, lleva tres años ejerciendo

Jenny, travesti costarricense de edad inconfesable, lleva tres años ejerciendo

Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Jenny sale de un coche alegremente. «Voy a retocarme lo que me han quitado», comenta mientras se perfila los labios con carmín rosa. No es el primer servicio para esta travesti costarricense de edad inviolable; lleva unos cuantos y le quedan varios más en una prometedora noche de jueves. De hecho, la entrevista se interrumpe varias veces porque la reclaman los mal llamados clientes fijos . Llegó hace tres años a España «para pasear», pero la vida le ha llevado a la calle. «No lo elegí yo, la vida me puso aquí», advierte.

Huele a perfume caro. Pide un cigarrillo, pero con el trajín se le olvida fumarlo. Cuenta que la llegada a España le cambió la vida al cien por cien. Inició su proceso de feminización y se echó a la calle para sobrevivir. Quiere ser peluquera. «Si fuera legal yo salía de esto», se lamenta. El hecho de no estar regularizada le impide acceder al mercado laboral y sin contrato de trabajo no obtendrá los papeles, así que se conforma con soñar. «Si me hubiera quedado en mi país no hubiera seguido este camino. No lo necesitaba laboralmente. Habría sido más feliz en Costa Rica sin prostituirme». Posa para el fotógrafo dulce, generosa, sexy, con el talento de quien vive del placer. Se queda soñando.

Como ella, una veintena de mujeres -actualmente sólo hay dos españolas- y travestis ejercen la prostitución callejera en la avenida Sáez de Miera, entre la estación de autobuses y el cruce de la nacional 120. Eso a partir de las nueve o diez de la noche hasta altas horas de la madrugada. Han organizado la calle a su manera -«ya cada una solita se ubica»-y cada cuál tiene sus límites. Primero las chicas de los países del Este, después las mujeres negras latinoamericanas, después las travestís de todas las nacionalidades excepto las brasileñas, que se colocan juntas frente al Palacio de los Deportes y, a continuación, están las africanas. La mayoría realiza sus servicios en los aparcamientos de las canchas municipales, dentro de los coches que las recogen en la ccercana avenida. Nati, una de las travestis más veteranas de la calle, habla por teléfono móvil desde su esquina, una zona privilegiada de esta calle. Le cuentan que ya a las cinco de la tarde un grupo de rumanas empieza a trabajar en las inmediaciones de Mercaleón. Parece que no le gusta.

Nati, de Natalia, tiene 37 años. Salió de su país hace 17, aunque en España no lleva más de siete años. Dice que ejerce la prostitución «por culpa de la discriminación laboral de las travestis». «En la calle por lo menos tienes ingresos y además rápidamente», cuenta sin perder de vista los coches que van pasando lentamente. Puede que dentro de alguno de ellos esté su próximo cliente. Cobra 30 euros por un completo en unos tiempos en los que las prostitutas extranjeras «han tirado los precios». Eso ha provocado «un regateo» que nunca antes se había visto en la calle. Nati trabaja para ella y su familia, pero sabe que el final está cerca. En cinco años quiere haber ahorrado lo suficiente para montar un negocio. «No me preguntés cuál, porque aún no lo sé, pero lo que pueda con el dinero que tenga».

«La calle te hace dura. Si eres débil, cambias», garantiza Nati, amoldada por un ceñido vestido negro y un wonderbra que eleva generosamente sus pechos de silicona. «Ninguna mujer nace puta. Es la vida la que hace putadas», reflexiona. Habla distendidamente de todo -"«tú pregunta lo que quieras», insiste-" y asegura que es una zona segura. No hay problemas de seguridad porque es una calle sin tránsito nocturno, lo que provoca que no existan quejas vecinales como las registradas hace meses en Papalaguinda que obligaron a desplazar a mujeres y travestis al otro lado del río Bernesga. La policía, además, vigila permanentemente la zona. En dos horas de paseo por la avenida, una patrulla de la Policía Local ha recorrido el distrito hasta en cinco ocasiones. Se cuenta, además, con la protección de los espontáneos que pasean y se relacionan diariamente con las prostitutas en tono amistoso.

Muchas no quieren hablar. Otras no pueden por el idioma. Y a unas cuantas más se lo prohíben sus proxenetas. Entre todas, sólo hay dos españolas. Laura es una de ellas. Tiene 30 años y es originaria de Asturias. «Me hice puta buscando una venganza», admite. Y añade que el Gobierno no le va a impedir continuar en la prostitución después de llevar trece años ejerciéndola. «En León nadie sale en tetas porque hace frío. Vete al Húmedo, y ya lo verás cómo hay niñas con más pinta de golfas que nosotras». Reivindica la prostitución como «un servicio social» parecido a un circo: «Hay que salir a la arena sonriente aunque se te haya muerto alguien».

tracking