Diario de León

Crónica | paula de las heras

Más desapego hacia la política

El Gobierno se acerca a la desafección vivida durante el último año de Felipe González en La Moncloa, porque la distancia entre ciudadanía y gobernantes es cada vez mayor

Rajoy y Zapatero, tras un atentado.

Rajoy y Zapatero, tras un atentado.

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Cabría pensar que la afluencia de casos de corrupción -”desde el Gürtel, al Pretoria, pasando por los abundantes y variados pelotazos urbanísticos en los ámbitos municipal y autonómico-” están detrás de todo. Y pese a todo, sólo el 5,2% de los encuestados por el CIS piensan en el fraude o los cohechos como un lastre para España. El 73% apuntan al desempleo y casi el 47% a la economía.

La explicación, a juicio de algunos expertos, podría estar en que la opinión pública va siempre unos pasos por detrás de los medios, lo que lleva a anticipar que el desasosiego que generan las prácticas corruptas irá en aumento en los próximos meses. Es la tendencia. Aunque no lo parezca, el 5,2% es una cifra elevada si se compara con el escaso 1,4% del mes precedente. Es más, habría que remontarse a mediados de los años 90 para encontrar un dato semejante. Aquella fue la época de mayor distanciamiento entre ciudadanía y clase política en toda la democracia. Eran los años de Filesa, del caso Marey, de Roldán, de las escuchas del Cesid, de Amedo y Domínguez, de Urralburu, de Paesa .y de otra crisis económica.

Nunca antes, ni después, las encuestas captaron tanto desapego, tanto escepticismo. En 1995, el último de los doce años que Felipe González pasó en La Moncloa, el 33,5% de los españoles afirmaban que la corrupción era una de las peores lacras del país; el 21,5% señalaba con dedo acusador a la clase política en general y casi el 7% apuntaba específicamente al Ejecutivo. La salida de los socialistas del poder fue como una catarsis. José María Aznar llegó al poder, prometió no mirar debajo de las alfombras y, de pronto, se extendió un manto de cuasi silencio.

1397124194 Corrupción olvidada. La corrupción no volvió a ser apenas mencionada en los barómetros del CIS durante mucho tiempo. Hay que recordar que la lista que elabora este organismo no está predeterminada; se compone con las respuestas espontáneas de los, habitualmente, 2.500 encuestados, agrupadas a posteriori en distintas categorías.

Durante años nadie pareció temer que las malas prácticas pudieran llevarse por delante la estabilidad y prosperidad de España. De hecho, entre 2000 y 2001 el número de personas que los señalaban como problemático llegó a ser tan marginal que la etiqueta «la corrupción y el fraude» incluso desapareció de la tabla. Luego volvió, con porcentajes inferiores al 1%, hasta que en abril de 2006 se destapó la trama de Juan Antonio Roca en el ayuntamiento de Marbella y la alarma creció, si bien someramente.

Pero el rechazo hacia los políticos no siempre ha estado relacionado con la corrupción. Aquel episodio concreto del ayuntamiento malagueño no aumentó, por ejemplo, el rechazo. Y en cambio, en los archivos del CIS se encuentran otros episodios sonoros.

En la legislatura pasada, con la oposición volcada en denostar la política antiterrorista de José Luis Rodríguez Zapatero, el Gobierno acordó prisión atenuada para el etarra Iñaki de Juana Chaos, en huelga de hambre desde hacía meses. Aquello generó un pico de opinión incluso más adverso que el actual hacia la clase política en su conjunto: el 16% la vio de pronto como un problema para España. Al Ejecutivo apuntaban sólo el 3,5% de los encuestados.

Ahora los políticos son vistos como un lastre por el 13,3% y Zapatero y sus ministros tienen motivos para la preocupación. El 5% de los ciudadanos considera que son uno de los principales escollos para la buena marcha del país. Sólo el último gabinete de Felipe González llegó a cuotas similares.

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