Diario de León

De la tradición...

Manuel Miguélez desvela el cultivo del pimiento morrón como se hizo siempre

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«La vida de hortelano ahora se lleva bien, antes todo era a mano: con zoleta, azadas y zoletillas...», cuenta Manuel Miguélez, uno de los más antiguos de Fresno de la Vega por edad, tiene 98 años, y por raigambre, es hijo y nieto de hortelanos. La vega y las huertas alrededor del pueblo —aclara— son los mejores terrenos para el pimiento en Fresno de la Vega. Tan importante como la tierra es la semilla, que se selecciona cada año de los mejores pimientos, los que se comen en casa. Bien guardadas hasta el primer día de marzo —día del Ángel— fecha tradicional para su siembra. «Los semilleros se ponían a la solana de la pared y se tapaban con la caganeta de las ovejas y también se molían los borrajos de las caballerías», explica. Se ponían morrones, picantes, guindillas y loras. «Antes no había plásticos y por eso se ponían a la orilla de la pared», agrega. Para proteger las plantas nacientes de heladas traidoras «se tapaban con sacos y hasta con sábanas». Tal era el aprecio por el pimiento. La labor de jajar —quitar la mala hierba o entresacar— la realizaban generalmente las mujeres a mano. Dice el señor Manuel que «era labor más sencilla, pero que lo hicieran hombres o mujeres, «depende de la casa: en mi casa había hombres y mujeres...», recalca. «En el momento que venía mayo», agrega, «a los pimientos había que espingarlos con agua cuando tenían falta», generalmente «cada dos o tres días». Para primeros de junio, las plantas ya están listas para crecer de la huerta o de la vega. Las plantas de pimientos nacidas en el semillero se arrancaban «una a una», de una mano se pasaban a la otra y de ésta a la talega. «Cuando se llenaba la mano pues se echaban a la talega de mimbre. Entonces venían muchos gitanos que dormían en las bocas de las bodegas y hacían cestos», se acuerda Manolo. La tarea de trasplantar tiene su ciencia: «Se arrancaban por la mañana y se ponían por la tarde porque pillaban el amor de la noche, como deíamos nosotros. Si les ponías por la mañana y venía una siesta... pues les perjudicaba». Una vez en los riscos (hileras), había que mullir (aricar) con la zoleta tres o cuatro veces hasta que la planta alcanzaba una altura de unos 30 centímetros y regar de vez en cuando, «cuando tengan falta» con la noria. «Cuando yo era joven no había motores, era todo noria con burro o con macho... ¿No había noria en su tierra también?». Ponían entre 2.200 o 4.000 pimientos por emina, «depende cómo hagas el regato, a mí me gustaba estrecho para que las plantas están más juntas por el asunto del sol. Entre más estrecho, más junta la mata y menos se solea el pimiento», aclara. «Ahora los ponen más separaos porque es más cómodo, pero es un defecto», tercia el señor Ángel en el Hogar del Pensionista. Los pimientos «se abonaban menos que ahora», siempre con estiércol, y se arrancaban más verdes que ahora. «Los encarnaos se vendían mal porque no había dinero», añade. A finales de agosto empieza la cosecha y el trajín a los mercados. «En Boñar nos llamaban los pimentoneros». Allí vendió muchos pimientos y cebollino. También recuerda La Bañeza, donde vendió mucha planta de berza, y León con sus fielatos en Puente Castro y cerca de la estación. El viaje en carro era otra aventura.

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