Diario de León

Reportaje | l. urdiales

Las mujeres y los niños, primero

El articulado de la Ley de Desarrollo Sostenible tiene como prioridad que las áreas rurales rescaten la próxima generación, dotarse de medios de vida decentes, no de subsistencia

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León

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Ni e n sueños si imaginó Zapatero el día que Llorente le dejó subir al templete de la fiesta campesina de Hospital de Órbigo que la promesa de gestionar una oportunidad de desarrollo para la sociedad rural iba a terminar publicitada por el caso de dejar fuera a los que más la necesitan. Noble causa esa del rescate. Y como se ha encargado de recordarnos el cine, no hay rescate que se precie que no se funde en la máxima de «las mujeres y los niños, primero».

Esto ya debería de quitarle las ganas a los cazaprimas profesionales que desde hace años, décadas puede, viven agarrados a la poltrona, y la poltrona conectada directamente a los fondos salvadores que caen al saco y no han servido para levantar ni el entorno, ni la economía ni la población; no van más allá de encauzar ríos y redondear fuentes. «Las mujeres y lo niños, primero», martillea cada articulado de la Ley de Desarrollo Rural para hacer desistir a los que se creen que ese fondo económico (1.200 millones para todo el estado, 225 para la autonomía) es otro chocolate del loro.

La ley que gestó el Gobierno Zapatero prende de la necesidad de discriminar para que un entorno no muera. Por eso cuenta con parámetros de aplicación que tienen en cuenta la dispersión de la población, el crecimiento vegetativo, la actividad económica en el sector primario, la renta per cápita, la situación geográfica u orográfica y la distancia de esas zonas diana con un punto urbano para definir el grado de urgencia de la intervención. El mundo rural leonés podría haber sido paradigma de la aplicación de la norma transversal, que implicaba el ámbito de competencias de varios ministerios. León entero es un campo de pruebas que valdría como unidad práctica para un programa piloto de puesta en servicio de la Ley: es difícil encontrar más municipios con saldo vegetativo negativo que los que tiene León; es complicado localizar otro territorio que cuente con menos densidad de población en las áreas rurales; es casi una quimera encontrar en el registro una pirámide poblacional más envejecida que la que protagonizan los habitantes de los pueblos leoneses, con menos mujeres y, por supuesto, menos niños.

Lo que parece claro es que el cofre del dinero no va a dar para todo; parece hasta normal porque enjugar tanta miseria como la que corre por los pueblos leoneses es más tarea para asignar al Tesoro Público de la Alemania unificada que al del estado español.

En León, y en este ámbito de la subvención para compensar la falta de igualdad que diferencia a las área rurales de las urbanas, la ley ya llega tarde para muchas zonas. Algunas de ellas son las que se han quedado fuera el reparto del pastel, con una segunda oportunidad de sumarse a la partida tras pelear con el arma de la alegación. Sobraría para superar ese trámite con presentar una memoria económica de muchos municipios en los que los movimientos de la caja de ahorros dependen sólo y únicamente de las órdenes de ingreso que proceden del Ministerio de Trabajo (y no precisamente para subsidiar el desempleo).

Las mujeres y los niños, primero, y por encima de todo. A eso convoca la Ley de Desarrollo Rural: a dar una oportunidad de vida en las áreas en las que vivir es una odisea -"salvo para la fauna salvaje-", a crear base de bienestar y modos de vida decentes y no de subsistencia. La ley de desarrollo rural no es para financiar estatuas.

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