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No hay perdón posible

Pitt debería saber que para interpretar a Aquiles no hay que poner cara de estatua
Perpetrar un engendro de este calibre cuando se tiene en una mano La Ilíada y en la otra 160 millones de dólares... no tiene perdón. Tal vez el sol abrasador de Malta recalentó más de un cerebro, o nos han vendido como película sólo las tomas falsas. No lo sé, pero algo muy grave falla cuando el público se ríe a carcajada limpia ante una historia que durante casi 3.000 años no ha dejado de emocionar. Evidentemente, el problema no está en Homero ni en los espectadores de hoy, sino en los responsables de la adaptación. La literatura y el cine se rigen por leyes distintas, así que nadie se plantea una innecesaria traducción literal. Tan sólo se trata de ser fiel a la esencia y, en ese sentido, Troya está tan vacía de contenido como unas palomitas. Las palabras épica y héroe surgieron para hablar de personajes como Aquiles o Héctor, de su enfrentamiento, de la forma en que aceptaron su destino y de su muerte. Sin embargo, para Petersen and company, estos términos parecen medirse en cantidad y no en intensidad. Al menos los peplums unían a su encanto kitsch un innato sentido de cómo contar una guerra, porque aquí ni eso: la planificación es casi de telefilme, los decorados cantan, las tomas aéreas marean y los efectos digitales aburren. Casi parece Memoria de España . En cuanto a los actores, empeñados en lucir pectorales y faldita tableada, poco se puede decir. Se salvan Eric Bana, Saffron Burrows y, por supuesto, Peter O'Toole y Julie Christie, aunque sus apariciones no eleven el listón. En fin, pobres de los que se acerquen por primera vez a esta historia con tan pésimos intermediarios. «TROYA»: EE.UU., 2004. Dir: Wolfgang Petersen. Int: Brad Pitt, Eric Bana, Orlando Bloom, Peter O'Toole. 160 min.