| Crítica | Cine |
¿Romanos en la Tabla Redonda?

Una imagen de la película en la que Arturo lucha contra los sajones
Entre picas y machetes, maleza y piel de oso, se olvidaron del rigor histórico. De acuerdo que su intención es versionar y no corresponder, pero justo es entender que lo uno no es óbice para lo otro y que bien vendría esforzarse en salpicar de detalles clásicos una obra que incluso los de a pie conocemos al dedillo, aunque sólo sea por evitar el bodrio y socorrer el solaz del espectador. Ante tales «virtudes» uno parece asistir a un casposo remake de Conan antes que al novelesco mundo de la mitología merlinesca. Pase que Arturo alardee de idealismo y de la consabida y presupuesta casta que se le antoja (y exige) a todo paladín artúrico hasta el punto de parecer «corto». Pase que Camelot se erija entre inhóspitos parajes y la pétrea tapia que lo ampara recorra Gran Bretaña cual muralla china. Pase que la fortaleza sea diminuta en demasía, arrojando al suelo la gloria de los castillos narrados por Chrétien de Troyes. Pero de ahí a que esbocen «al tuntún» una historia porque sí... dista un trecho. Ginebra aparca su dócil y cortés mansedumbre para asociarse a un clan tribal británico, con pinturas de guerra y todo. Lanzarote bien parece Leonardo en Las Tortugas Ninja repartiendo mandobles a dos manos... Los caballeros ya no son tales sino bravos jinetes de tribus celtas: el guapo, el listo , el bestia, el más bestia, el feo y el gracioso. Pero lo más exasperante es ver lidiar a Arturo con un cepillo en el casco, y asistir a sus diatribas con preceptos romanos. ¿Qué pintan aquí estos? ni se sabe. Tampoco encaja un Merlín dudoso, jerifalte del clan de Ginebra, -¡oh casualidad!- que de místico tiene lo que un ciruelo de asceta. De Arturo nada, en todo caso una de romanos.