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Tierna y melancólica

El director y uno de los intérpretes de la película
Son tan sensibles los adjetivos tierna y melancólica, aplicados a una película, que la cursilería se convierte en una seria amenaza. Sobre todo cuando un director se embala y lo que era tierno pasa a ser ternurismo, y la melancolía se transforma en sensiblería. Por fortuna no es el caso de Los chicos del coro , ópera prima de Christophe Barratier y auténtico fenómeno social en Francia, con ocho millones de espectadores ya plegados a sus encantos. De visión obligada salvo que se opte por la adrenalina en dosis de mulo o por el trallazo a palo seco. De ser así, no es la película adecuada. Barratier, licenciado en música y reputado concertista de guitarra clásica en su país, urde una trama a partir de sus recuerdos de infancia, cuando con 8 años vio el filme de Jean Dréville, La Cage aux rossignols , que también afrontaba los ambientes escolares en los años de posguerra. Ambienta el guión en 1949, y lo sitúa en un colegio para huérfanos y niños problemáticos cuando la posguerra se mantiene cruda, y el gobierno francés crea el Protectorado Judicial de la Juventud. La historia del profesor de música que organiza un coro de la nada, conquista desde los primeros fotogramas. No es película para auscultar o para cuestionar sus imperfecciones, que sin duda las tiene. Es para gozar y emocionarse. Sobre todo por el uso de la música, por el elaborado trabajo de ambientación y, además, por la selección de los chavales protagonistas. Es también una perfecta recreación de época, lección obligada para ambientadores y directores de arte. Quienes, exigentes, se preguntan si hay una película que merezca la pena, Los chicos del coro es una alternativa solvente, pese a su clasicismo narrativo. LOS NIÑOS DEL CORO 2004. Director: Christophe Barratier. Intérpretes: Gérard Jugnot, Françis Berleand, Kad Merad. Drama. 95 minutos.