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Mascarada artificial

Gerard Butler da vida a un fantasma bastante «light»
Tal como nos llega, el visionado de El fantasma de la Ópera resulta un desastre, con el insatisfactorio doblaje poblado de gorgoritos y coros que le dan un inadecuado toque zarzuelero. Además, las voces del montaje en castellano merman considerablemente la capacidad dramática de los actores cuando no cantan. Más nos parece estar en La corte del faraón que en la Ópera parisien del XIX. Los fanáticos del musical tendrán que esperar a la llegada del DVD. Por otro lado, la versión cinematográfica del célebre musical de Andrew Lloyd Webber es impersonal y se hace eterna. El mundo gótico del folletín de Gaston Leroux está excesivamente suavizado. El fantasma debería ser más un Vincent Price que un hombre sin rostro a lo Mel Gibson, y la tramoya teatral tendría que decantarse hacia lo tenebroso, con un subsuelo del monstruo más infernal. Pero Schumacher y Webber apuestan por la versión light , confiando convencer a las taquillas. Y de poco sirven los homenajes al pasillo de brazos con candelabros de La bella y la bestia de Cocteau, la sala de los espejos de La dama de Shangai o el recurso del fantasma-niño como atracción de feria con capucha de saco a lo Hombre elefante. Solo Emy Rossum puede resultar divertida, con el tránsito fulminante de su princesita ingenua hasta el éxtasis teresiano en lencería de novia, digna del Penthouse . Claro que está hermosa en la visita al cementerio, encendido su pecho por el burdeos de la luz del panteón paterno, jugando a una Electra-Hamlet que confunde a su papá adorado con el fantasma. Mientras el pobre fantasma busca, como monstruo que sueña con la belleza, nada más y nada menos, que el amor de la mamá que lo abandonó. Una materia prima deliciosa, pero nada explotada. EL FANTASMA DE LA ÓPERA: Director: Joel Schumacher. Intérpretes: Gerard Butler, Emmy Rossum. 143 min.