| Crítica | Cine |
Inquietante elegancia

La actriz Elena Anaya con el director Jaume Balagueró
Visto el notable acabado de Frágiles, no imaginamos a Balagueró aceptando sacar en pantalla al desencadenante de la trama, ese personaje misterioso que nunca debió salir de su misterio... Habría quedado redonda si nos hubieran ahorrado a la niña mecánica, de cuya existencia saben los niños de un hospital infantil en desmantelamiento. Al margen de este (importante) detalle, en Frágiles hay algo visualmente tangible, una elegancia formal convertida en inquietante por el tema que recrea, y también confirma un importante salto cualitativo en la industria española. Jaume Balagueró, que en Darkness ya advertía que iba sin complejos frente al cine norteamericano de género (con permiso de los japoneses, pero ese es otro cuento y muy coyuntural, dígase cuando se quiera), advierte que está entre los autores más rigurosos y mejor armados para dotar a sus imágenes de atmósferas peculiares. Una dirección artística de altura, una fotografía contenida de efectismos y oscuridades gratuitas, una música que no se nota, unos actores convencidos de sus diálogos, y finalmente, un guión que renuncia al oportunismo teen, a la sucesión de asuntos estúpidos y a los excesos gore. Incluso se intuyen influencias cinéfilas bien administradas. De tener mayor sutiliza se codaría con el Amenábar de Los otros y con el cine de Shyamalan, aparte de algunas pinceladas al Kubrick de El resplandor. A tal punto de saturación llegó el género fantástico y de terror, que últimamente hay como una huida hacia adelante. FRÁGILES. España.. Director: Jaume Balagueró. Intérpretes: Calista Flockhart, Richard Roxburgh, Elena Anaya. Terror. 102 minutos.